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PVDC y libre elección: muchas preguntas y unas cuantas respuestas


Por Nancy Wainer

¿Qué es una verdadera “elección”, y qué no lo es?

Hace poco he recibido un correo electrónico de una cliente de PVDC (parto vaginal después de cesárea). “Cuando acepté una cesárea, ¿fue una verdadera elección?”, me preguntaba. “En primer lugar, no recibí suficiente información. En segundo lugar, mi médico me mintió. En tercer lugar, mi compañía de seguros limitó mi elección en muchos sentidos. Muchas mujeres estamos tan inmersas en nuestra cultura que somos incapaces de pensar desde fuera, así que si nuestro seguro no cubre un parto natural o un parto en casa, creemos que no podemos elegir nada de eso. En cuarto lugar, mi familia y mis amigos tampoco estaban informados, y eso le dio ventaja al médico. De hecho, ni siquiera tuve al médico que yo había elegido, sino que acabé con el que estaba de guardia aquella noche”. Prosiguió: “Muchas mujeres como yo terminan con una cesárea debido a sus 'elecciones', aunque muchas de esas elecciones sean falsas y mal informadas. Luego, chocan contra la realidad cuando intentan planear un PVDC en este entorno y esta cultura. Bajo mi punto de vista, Nancy, la elección es falsa, proliferan las mentiras, y a mucha gente simplemente le resulta difícil afrontar la verdad".

Cada bebé sólo nace una vez; no hay segundas oportunidades, así que, siempre que sea posible, la experiencia tendría que ser segura, maravillosa, natural, sorprendente y fortalecedora. Siento una pasión sincera por asistir a las mujeres para que tengan el mejor parto posible. El concepto de PVDC es como un hijo mío. Yo tuve mi propio PVDC a principios de los años setenta; de hecho, acuñé el término, y he dedicado mi vida adulta a investigar sobre el tema. He enseñado, hablado, pensado y escrito sobre ello. Junto con muchas otras comadronas y educadoras de preparación al parto, he hecho cuanto he podido para dar a conocer el tema del PVDC y para asistir a mujeres que elegían un parto normal después de haber dado a luz quirúrgicamente. El corazón me da un vuelco cada vez que sé que una mujer ha tenido una cesárea, y salto de alegría cuando escucho o asisto a alguna mujer que tiene un PVDC.

Cuando Bárbara dio a luz a su bebé de 4,300 kg (parto vaginal después de dos cesáreas –PVD2C) a través de su pelvis supuestamente estrecha, en la intimidad de su propio dormitorio, cinco horas después de llegar yo, y cuando vi su cara de alivio, satisfacción y éxtasis, me sentí más feliz de lo que podría expresar con palabras. Lo mismo puedo decir sobre el PVDC de Laura, cuya bebé de 5 kg se deslizó de su cuerpo una fría noche de invierno. De una forma u otra, he asistido a cientos de mujeres que han elegido tener un PVDC. Muchas han disfrutado partos que superaban sus mayores expectativas. Por desgracia, algunas de las mujeres que me pidieron ayuda no tuvieron el parto que habían soñado, y algunas pasaron por otra cesárea.

Hemos leído hace poco en los periódicos que los índices de cesáreas están aumentando de forma continuada. Está bien documentado que la tasa de cesáreas en Estados Unidos ha crecido al menos un 48% en los últimos nueve años. Hoy, una de cada tres mujeres tiene una cesárea. Antes de esto, recuerdo que alguien me había dicho que la tasa era de “apenas un 20%”.

¿Apenas? Muchos de nosotros recordamos la época en que la tasa de cesárea era de alrededor de un 15% y los titulares de los periódicos señalaban que se extendía una epidemia de cesáreas y que había que hacer algo para detenerla. Se nos decía que, como mínimo, tres cuartos del millón de cesáreas que se estaban realizando se podrían prevenir y que esta cirugía abdominal mayor era mucho más peligrosa que un parto vaginal.

¿Alguien estaba escuchando?

Unos cuantos, pero no los suficientes. Antes de empezar un diálogo sobre este tema, debemos partir de la comprensión de que el nacimiento es, en cierto sentido, un “primer comienzo”: el modo en que un bebé viene al mundo es importante, y la experiencia del nacimiento produce secuelas a lo largo de toda la vida. Por desgracia, no todo el mundo lo entiende, y a muchos parece no preocuparles.

Todos hemos conocido mujeres encantadas con sus cesáreas, que ni siquiera pestañean cuando su obstetra les dice, semanas antes de la fecha, que les va a programar una cesárea para tal día. También hemos tropezado con la parte correspondiente de mujeres que creen que una mujer debería poder elegir una cesárea siempre que quiera, sin otra razón que eso es lo que ella “quiere”. Yo suelo sugerir, para empezar, que esa mujer lea el librito de ICAN Cesarean Voices, un texto magnífico, informativo, educativo y aleccionador que yo creo que tendrían que leer todos los alumnos de secundaria. [Nota de la traductora: un libro afín, en español, es Nacer por cesárea, de Enrique Lebrero e Ibone Olza]

Jody McLaughlin, en The Compleat Mother, me recuerda a menudo algo que todos sabemos: dado el “tipo” de parto vaginal que “ofrecen” muchos hospitales en la actualidad, “elegir” una cesárea puede parecer, al menos en apariencia, la mejor alternativa. No obstante, sabemos que una decisión que se toma por miedo, o basada en una experiencia traumática pasada, no es una decisión: es una reacción forzada. Una decisión que se toma sin información adecuada no se puede considerar una verdadera elección.

Sabemos que las opciones para el parto que ofrecen quienes tienen un conocimiento escaso del parto natural –y no se implican personalmente en crear un entorno donde pueda desarrollarse esta experiencia– no son elecciones, sino opiniones transformadas en decretos. También sabemos que, para algunas mujeres, volver a un hospital y “repetir experiencia” –soportar una experiencia similar a la que sufrieron previamente– requiere mucho valor. Otras mujeres “eligen” volver al hospital sin comprender que las razones por las que pasaron por una experiencia tan dolorosa u horrenda en su primer parto pudieron deberse al lugar en sí o a sus normas, rutinas, protocolos, creencias y regulaciones. En lugar de eso, piensan que el hospital las salvó de un infierno y que el parto es, en sí mismo, un infierno, por mucho que luego celebremos el cumpleaños con un pastel.

En cambio, para muchas mujeres, el acto de dar a luz es lo más parecido al paraíso que podemos disfrutar en la tierra. “¡Fue increíble, lo haría otra vez ahora mismo!”. Expresiones como esta son música para los oídos de la comadrona y del bebé.

“No me lo habría perdido por nada en el mundo”, escribía una madre de PVDC, en su homenaje a la fallecida comadrona Jeanine Parvati Baker. “Yo era una de esas mujeres que habían vivido un parto fallido”, decía. “Esta vez, compré el billete para el destino correcto, e hice el viaje de mi vida.”

Pero, más que discutir el tema de la elección hasta la saciedad, tal vez lo que necesitamos es formularnos algunas preguntas.

¿Quién querría elegir una cesárea?

¿Qué clase de mujer elegiría que la cortasen y le abrieran el vientre? ¿Quién elegiría estar totalmente paralizada desde el pecho y pasar por una cirugía mayor, antes que parir normalmente? ¿Una mujer que busca la comodidad y el control?

Pues bien, la cesárea es todo lo contrario: un ejemplo máximo de pérdida de control. La mujer está totalmente inmóvil, mientras que otro individuo esgrime un objeto punzante y empieza a cortar. ¿Se le han explicado con detalle los peligros de la anestesia para la madre y para el bebé, o han minimizado su importancia? ¿Sabe esta madre cómo afecta la cesárea a la sexualidad de muchas mujeres? ¿Comprende cómo las clases de preparación al parto tradicionales, cuando se dan avanzado el embarazo, favorecen las cesáreas y aumentan la posibilidad de pasar por una? ¿Qué folletos, qué información le han dado? ¿Quién divulga la información que crea su “elección” de una cesárea? ¿Cómo fueron los partos de su madre, sus tías y sus hermanas? ¿Sabe que lo que se considera un seguimiento del embarazo normal en esta cultura –esperar en una sala de espera y sentarse durante cinco minutos con quien esté allí “ese día”– a menudo es peor que no recibir ninguna atención prenatal? ¿Sabe que una sola toma de la presión arterial no demuestra clínicamente una preeclampsia? ¿Sabe qué puede hacer si una toma de presión arterial resulta ser más alta de lo normal? ¿Tiene alguna idea del papel vital de la nutrición en el resultado de su embarazo? ¿Es consciente de que muchas de las pruebas que son parte del seguimiento rutinario de su embarazo no son necesarias? ¿Sabe qué tipo de partos tuvo su obstetra, o la mujer de su obstetra? ¿Pudo preguntárselo? ¿Entiende que la respuesta a esta pregunta puede influir a su proveedor de salud en muchos sentidos? ¿Por qué desea tener que “recuperarse” (lo opuesto a, simplemente, descansar) después de que le extirpen a su bebé? ¿Comprende que la vida en sí consiste en afrontar riesgos? ¿Qué información se está ocultando para que una mujer de nuestra cultura crea que tener una cesárea no afecta de ningún modo al vínculo afectivo con el recién nacido?

Mucha. Es fácil tomarle el pelo a alguien, y los dioses saben que los corderos seguirán acudiendo al matadero. Sin duda, el dolor no te convierte en madre, pero el proceso de encontrarte el miedo frente a frente, y superar ese miedo, puede que sí. Por desgracia, muchas mujeres “eligen” una cesárea, desesperadas por conseguirla (por el embarazo, por el miedo), y terminan con ella, sin querer buscar esa fortaleza interior que les ayudaría en la labor de ser madres y avanzar durante el resto de sus vidas.

¿Cuántas de nosotras sabemos que, como mamíferos, no parimos bien en presencia de extraños? Nuestros cuerpos se cierran, se contraen, detienen el proceso cuando estamos en lugares desconocidos; tenemos que estar preparados para reaccionar si se acerca un depredador. ¿Saben las mujeres sentarse sin cruzar las piernas durante el embarazo, o sentarse con las rodillas más bajas que la pelvis, o sentarse derechas y no reclinadas –les cuentan sus obstetras todas estas cosas? ¿Saben que les conviene reducir el consumo de leche y leer a autores que comprenden realmente el embarazo y el nacimiento, como Ina May Gaskin, Marsden Wagner, o Henci Goer? ¿Saben cómo han llegado a ser pacientes tan cumplidoras? ¿Captan que las madres, después de una cesárea, están en clara desventaja por muchos motivos?

¿Alguno de nosotros se plantea cómo es una cesárea desde el punto de vista del bebé? Por supuesto, el modo en que los bebés suelen ser tratados en nuestra cultura es atroz, independientemente de la forma en que haya nacido, pero esa no es la cuestión en este momento –o puede que sí lo sea. ¿Entendemos que un hospital no puede ser “amigo de los niños” si no es “amigo de las madres y de los niños”? ¿Somos capaces de ver que no dejar comer durante el parto, poner una vía endovenosa, no tener idea de cómo proteger el periné, cortar el cordón demasiado pronto, separar a los bebés de sus madres, darles biberones, encender la luz –en fin, la batería de intervenciones que han llegado a ser lo “normal” en los partos– no son nada “amigables” para los niños ni para las madres?

¿Para qué molestarse en investigar, si la mayor parte de la investigación basada en la evidencia se ignora de todas formas? ¿Por qué se tarda más de una década en cambiar protocolos, una vez que sabemos que algo de lo que se está haciendo en los hospitales en la asistencia al nacimiento está equivocado? ¿Por qué no se habla de la infertilidad secundaria como una razón para evitar una cesárea? ¿Por qué no se les pide a los obstetras, así como a las comadronas y otro personal de sala de partos, que estén presentes como mínimo en diez partos domiciliarios para saber cómo se desarrolla el parto en el escenario más normal?

La primera definición de “elección” en muchos diccionarios es “seleccionar algo entre diferentes alternativas posibles”. Otra definición incluye el verbo “decidir”. En muchas situaciones, a las mujeres no se les presentan diferentes alternativas. Se les dice que la única opción, para “garantizar” un bebé saludable, es una cesárea. Tienen poca elección, salvo “decidir” que las corten. Cuando se saca la carta del posible daño o muerte del bebé, incluso la más resistente de las mujeres se desmorona.

Jody McLaughlin me recuerda que si tuviéramos un sistema de asistencia a la maternidad basado en las comadronas, donde estas pudieran aprender y transmitirse unas a otras un conocimiento auténtico sobre el nacimiento, y médicos y hospitales no fueran ni siquiera una opción, vivirían más niños. Por supuesto, algunos niños que ahora viven estarían muertos, pero habrían podido vivir más niños que fallecieron.

Amy me contó que todo lo que el médico le dijo fue que su cicatriz podría abrirse, así que ella “eligió” una segunda cesárea. Maryann “eligió” una cesárea cuando una ecografía detectó un posible problema con el cerebro de su bebé que podría acentuarse con un parto vaginal. Su bebé en realidad estaba bien, el “problema” que había detectado la ecografía era inexistente.

Anoche me escribió una mujer un correo electrónico. Se ha “pasado” trece días de “la fecha”, y estaba empezando el trabajo de parto, pero las comadronas de su hospital no quieren atenderla y le han programado una cesárea para mañana por la mañana. La han asustado sobre la capacidad de su placenta para alimentar a su bebé un día más, aunque los resultados de todas las pruebas que le han hecho han sido normales y su bebé parece estar bien. Me dice: “Estoy empezando a cansarme de luchar, y estoy a punto de aceptar la cesárea”.

¿Es esto “una elección”, o será una de tantas mujeres que se han sentido presionadas para aceptar una cesárea, aunque firmaran el “consentimiento informado”? ¿”Eligió” la mujer que recibió sin su permiso “un chute de no sé qué cosa” a través de la vía endovenosa, durante una cesárea?

Sabemos que el aumento de la mortalidad materna es, en buena medida, resultado del aumento de las cesáreas, así como de los medicamentos utilizados para inducir el parto. También sabemos desde hace décadas que la mortalidad materna en Estados Unidos está muy infrarregistrada y que es mucho más alta de lo que cabría esperar. ¿Lo sabían?

¿Quieres ser una más?

Probablemente todos recordamos algo que escuchamos por primera vez hace años: cesárea a petición de la paciente. Pero las mujeres no eligen la operación en el vacío, la “eligen” dentro de una cultura donde se ignoran los beneficios del parto natural, y en cambio se exageran enormemente los “beneficios” de la cirugía. La “eligen” porque de alguna manera están desconectadas de sí mismas, de su feminidad. La eligen porque han elegido, en primer lugar, unos proveedores de salud que no tienen inconveniente en cortar a la mujer, que lo prefieren así, y que incluso tienen miedo de no cortar. La eligen porque no han escuchado la brillante explicación de Michel Odent sobre cómo cada mujer es diferente, cada bebé es diferente y el vínculo entre ambos es diferente cuando el camino que se ha “elegido” es el que los lleva a la mesa del quirófano. La eligen porque no han conocido a obstetras como Leo S., Beth H, o el Dr. John Stevenson. “Eligen” una cesárea –algunas con entusiasmo y con alivio, otras con reticencia y con la huella de un dolor emocional duradero– por una serie de razones. ¿Por qué no hablamos de parto vaginal a petición de la paciente, o de parto en casa a petición de la paciente?

Una vez que una mujer tiene en el útero la cicatriz de una cesárea, tendrá muchas preguntas que responder y muchas decisiones que tomar con respecto a un futuro embarazo. ¿Quiere tener más hijos? Si desea tenerlos, pero es una de las mujeres que sufren infertilidad secundaria como resultado de la cesárea, tendrá que “elegir” su respuesta: rabia, frustración, aceptación, duelo, o todo ello a la vez.

Si vuelve a quedarse embarazada, ¿quiere saltar otra vez a la mesa de operaciones en una fecha programada, o se podrá de parto y luego saltará a la mesa? ¿Hará lo posible por quedarse en casa el tiempo suficiente para evitar una cesárea al llegar al hospital? ¿Decidirá volver al mismo hospital, con el mismo obstetra que le hizo la primera cesárea, o elegirá un lugar y un cirujano diferentes? ¿Quién cuidará a su hijo de dos años mientras que ella está “hospiencarcelada” (hospitalizada + encarcelada –un término utilizado por mujeres que querían parir en casa pero, al no encontrar una comadrona que las apoyara en su decisión, terminaron por acudir, a disgusto, a un hospital) y qué tipo de ideas y sentimientos va a incorporar este niño sobre el nacimiento como resultado de las elecciones de su madre?

Aprecio sinceramente el conocimiento, las habilidades y la experiencia de los obstetras y otros profesionales del hospital capacitados para hacer frente a verdaderas emergencias obstétricas. Dicho esto, todos sabemos que la mayoría de las cesáreas se pueden prevenir y que los incentivos y la conciencia (política, espiritual, nutricional) necesaria para reducir el número de nacimientos quirúrgicos se están ignorando sistemáticamente, al considerarlos como no disponibles o como insostenibles desde el punto de vista económico.

Muchas mujeres me dicen que ellas no eligieron ir al hospital para ser presa fácil de todas las intervenciones e interferencias que hicieron que su parto terminase en una cesárea. Muchas me han dicho que casi preferirían morir antes de que las volvieran a cortar. Son palabras muy fuertes, pero bastante comunes. ¿Lo dicen en serio?

En cierto sentido, hay mujeres que mueren cuando las cortan, o al menos una parte de ellas. La mujer capaz de parir que hay en su interior se desintegra, se disuelve, desaparece. Cada vez hay más mujeres que eligen dar a luz en su casa, muchas de ellas sin asistencia alguna. Estas mujeres son conscientes y se sienten comprometidas con el PVDC, conocen los riesgos que implican la mayoría de las decisiones de la vida, y han decidido que la mejor elección para ellas es dar a luz en casa.

¿Somos conscientes de que alteramos el parto al interferir, observar, controlar y/o distraer a la mujer que está dando a luz? ¿Nos damos cuenta de que uno de los aspectos más importantes al cuidar a una mujer que está de parto es “darle su espacio” –es decir, proporcionarle un ambiente tranquilo y transmitirle confianza? ¿Sabemos que todo lo que hacemos y decimos importa, y que influye en este momento en que la mujer, con todo su ser, se está abriendo, y es extremadamente vulnerable? Asistí al congreso que celebraba el 25 aniversario de ICAN (International Cesarean Awareness Network) y hablé ante muchas mujeres de todo el país que habían dado a luz normalmente después de haber tenido entre una y cinco cesáreas anteriores. Estas mujeres tuvieron que elegir: ¿Dónde se sentirían más seguras? ¿Qué profesional les asistiría el parto –si es que querían alguno? ¿Qué harían en caso de “pasarse de la fecha”? ¿Qué harían si se les rompiera la bolsa sin estar aún de parto activo? ¿Qué era lo más importante para ellas? ¿Qué podían hacer para asegurarse de tener el mejor resultado posible? ¿Qué podían hacer si las cosas no iban bien esta vez? ¿A quién “culparían”?

Una vez que una mujer elige un PVDC, surgen muchas preguntas más, algunas con respuesta y otras sin ella. ¿Qué tipo de incisión tuvo la mujer? (¿Pudo “elegir” el tipo de incisión?) ¿En qué semana de gestación se puso de parto, si es que llegó a ponerse de parto? ¿Cómo de grande era el bebé? ¿Cuánto duró el parto? ¿Durante cuánto tiempo empujó la mujer? Hay que considerar todos estos factores.

Independientemente de los detalles particulares, algunas mujeres planean y preparan un PVDC, e incluso un PVDC en casa. Muchas mujeres han viajado hasta la zona donde yo trabajo, dado que consideran que les puedo proporcionar la mejor oportunidad posible de tener un parto normal, incluidas muchas mujeres que han tenido más de una cesárea. No todas estas mujeres han podido tener un parto normal, pero ninguna de ellas ha lamentado la decisión de “intentarlo”.

Una mujer que estaba embarazada de 36 semanas y que había tenido dos cesáreas anteriormente me contrató como comadrona. Me dijo que no quería pasar por otra operación quirúrgica. Yo estaba segura de que ella podría parir normalmente. Para la sorpresa y preocupación de todos, ella cambió de opinión y decidió ir al hospital y tener una cesárea programada sin estar de parto. Su bebé pesó 2,700 kg, y tal vez “eligió” su llegada al mundo para evitarle a su madre –una enfermera que pasaba la mayor parte de su tiempo en un hospital– algo de ansiedad, sin saber qué apacible y maravillosa experiencia puede ser viajar “a través de la vagina” y “resbalar por un tobogán mojado” (así describía Stella, de dos años y medio de edad, el nacimiento en casa de su hermano, que ella presenció).

Otras muchas enfermeras, una estudiante de medicina, una radióloga y una anestesista eligieron un parto en casa porque, como me dijo una de ellas, “la libre decisión del paciente en un hospital es, por lo general, una fantasía”.

¿Cómo eligen las mujeres un PVDC en este ambiente? Todos sabemos que las cesáreas programadas, por lo general, plantean más riesgos que un PVDC, y que muchos de los problemas asociados con el PVDC son resultado de la inducción o estimulación del parto y el uso de oxitocina sintética. Sabemos que esperar a que una mujer se ponga de parto espontáneamente y que el trabajo de parto progrese requiere más tiempo que hacer que venga al hospital a operarse. El tiempo es oro; y las cesáreas, entre otras cosas, resultan muy lucrativas. El parto natural significa que el cuerpo de la madre es el que manda; en las cesáreas, en cambio, es el médico quien lleva el volante.

Las mujeres que se quedan embarazadas y quieren evitar una segunda cesárea están chocando contra los mismos muros de piedra que hicieron que la generación anterior a ellas se uniera en organizaciones como C/SEC Inc., CPM, o ICAN [cuyo equivalente en España podría ser el foro Apoyocesáreas]. “¡Ya basta!” corean estos grupos, mientras que cada vez más mujeres embarazadas están siendo conducidas a los quirófanos hasta superar todos los récords. La expresión “epidemia de cesáreas” ha quedado acuñada. ¿Recuerdan los tiempos en que el PVDC no se consideraba seguro?

Luego sí que lo era.

¿Y luego otra vez no?

¿Y luego, sí otra vez?

¿Y ahora otra vez resulta que no es seguro?

¿Qué factores hacen que sea seguro y cuáles lo convierten en algo poco seguro? ¿Sabían que, a pesar de que la literatura obstétrica se olvida de mencionarlo, hay todo un movimiento social en torno al PVDC? ¿Y que sólo cuando los hospitales perdieron clientes –es decir, ingresos– empezaron no sólo a aceptar PVDCs, sino incluso a darles la bienvenida? Las mujeres estaban teniendo PVDCs por todo el país –muchas en casa– y en ese momento los médicos comenzaron a acariciar la idea como suya; hasta ese momento, habían preferido ignorar sus propios estudios que les decían que el PVDC es seguro.

“Parece que apenas hemos ganado una batalla para proteger lo que luchamos por conseguir años atrás, y otra vez tenemos que empezar a luchar por lo mismo”. La cita es de un boletín de noticias para maestros jubilados, aunque bien pudieran decir lo mismo muchas activistas que llevan años luchando por el parto.

Otra cita: “Las herramientas del amo nunca desmantelan la casa del amo”, dice Audre Lourde; también la podrían hacer suya muchas personas de esta sociedad.

¿Tenemos alguna idea de lo que estamos haciendo al traer al mundo a los bebés antes de que el parto empiece espontáneamente? Parece ser que no. ¿Ignoramos los riesgos que implica el nacimiento por cirugía abdominal mayor? ¿Por qué seguimos induciendo los partos, a conveniencia del médico o solo porque estamos cansadas del embarazo? ¿Por qué no se detallan minuciosamente los peligros de la inducción, igual que se hace con el parto vaginal? No entendemos que si una mujer no está de parto su cuerpo no está preparado para el nacimiento del bebé, y que nuestro empeño por hacer madurar un cuello cervical y “agilizar las cosas” son formas de controlar un proceso que casi siempre es mejor dejar que ocurra espontáneamente?

¿Por qué no nos rebelamos ante la mera idea de tener una “fecha probable de parto”, que simplemente es orientativa, y no un principio sacrosanto? ¿Desde cuándo un margen de varias semanas, hasta la semana 42, se ha reducido a unos cuantos días alrededor de “la fecha”? ¿Por qué oímos tantas tonterías sobre los “bebés muy grandes”? ¿Es que no sabemos que es más fácil parir un bebé de 4 kg o de 4,500 kg que tenga la cabeza en una posición favorable, que uno de 2,700 kg cuya cabeza aún no está bien posicionada? ¿O que la cabeza de un bebé de alrededor de 3 kg puede tener la misma circunferencia que la de uno de 4 kg? El bebé de 4 kg, simplemente, tiene los muslos y la barriga más gorditos.

¿Por qué, si los gemelos y bebés de nalgas siempre habían nacido de forma natural, de repente hay que operar a sus madres? ¿Sabemos que lo que se considera “médicamente necesario” con frecuencia no lo es? Tenemos muchos ejemplos de esto, aunque quizás el más dramático es el de la mujer que se escapó de un hospital estando de parto, y se escondió en una iglesia, donde tuvo a su bebé con facilidad, de forma natural. El juez había ordenado que podían practicarle una cesárea, en contra de su voluntad. ¡Cuántas mujeres que se han puesto en contacto conmigo, presionadas para aceptar una cesárea, habrían querido tener el valor de sacarse las vías endovenosas y encontrar la sala de oración más cercana!

De la misma manera, hace unos años, en una noche calurosa de julio, empezó a sonar el timbre de mi puerta. Respondí y me encontré con una mujer muy embarazada, en un mar de lágrimas, acompañada de su marido. Me explicó que la acababan de echar de una casa de partos que hay cerca de mi casa. Le habían dicho que como se le había roto la bolsa al menos doce horas antes, y todavía no se había puesto de parto, tendría que ir al hospital. Ella sabía lo que eso significaba: la esperaba una cascada de intervenciones y de rutinas innecesarias, sin que ella hubiera elegido ninguna de esas cosas, y se dispararían las posibilidades de terminar con otra cesárea. Había decidido no ir al hospital. ¿Qué ocurre con las “elecciones” que las comadronas de la casa de partos no habrían estado autorizadas para ofrecerle? Tenían las manos atadas porque los obstetras para quienes trabajaban marcaban las elecciones y las normas del centro. La mujer, mientras tanto, se puso de parto al cabo de una hora de haber llegado a mi casa y parió una hermosa niña en mi cuarto de estar, cinco horas después, con su hijo mayor, de dos años y medio, durmiendo tranquilamente en el sofá.

Cada vez que hacemos una elección, aunque sea resultado de una larga reflexión e investigación, no tenemos garantías de que conseguiremos el resultado deseado. A pesar de todo, muchos médicos nos convencen de que si hacemos las cosas a su manera, tendremos casi un 100% de garantías de que todo saldrá exactamente como ellos predicen. Podemos aumentar nuestras posibilidades de que las cosas salgan bien, pero no podemos controlar por completo los resultados. En El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, de Nassim Taleb, leemos que solemos actuar como si fuéramos capaces de predecir los acontecimientos, aunque en realidad nuestro aprendizaje a través de la observación y de la experiencia es muy limitado.

¿Por qué actuamos como si pudiéramos controlar el nacimiento y predecir los resultados, midiendo la cantidad de oxitocina que administramos (o no administramos), o utilizando por ejemplo monitorización continua (o intermitente)? ¿Por qué utilizamos monotorización fetal en la mayoría de partos, a pesar de saber que no es infalible y que fue diseñada sólo para situaciones de alto riesgo?

Vaya, ¡me olvidaba de que todas tenemos alto riesgo!

¿Por qué en un PVDC concreto se produce una rotura uterina, pero en otros miles, incluidos muchos con cuatro o cinco cesáreas previas, no? ¿Por qué tenemos dificultades para aceptar que hay muchas cosas que no podemos saber y que, como resultado, nuestras “elecciones” tal vez estén basadas en la intuición o las habladurías, y no en la razón y la investigación? ¿Por qué pensamos que el verdadero consentimiento informado es posible? Y si no lo es, entonces ¿cómo afecta esto a las “elecciones” que realizamos? ¿Cómo podemos dar información que no conocemos? ¿O tal vez la información está influida por el dinero, el poder, las cuestiones legales o la ansiedad?

¿Por qué unos cuantos médicos defienden el PVDC, y otros no, algunos usan doble sutura, y otros no, y nadie sabe con seguridad si hay alguna diferencia, aunque todo el mundo parece tener una opinión sobre ello?

¿Por qué pensamos que las doulas han introducido alguna diferencia en el esquema general de las cosas? La tasa de cesáreas y de epidurales han aumentado drásticamente, a pesar de que las doulas han sido aceptadas (aunque no siempre bienvenidas) como parte de los partos en los Estados Unidos. Las doulas que me escriben sienten que no tienen poder (y realmente suele ser así), y se sienten frustradas. La doula y estudiante de matrona Jessica Petrone observaba que acompañar partos en los hospitales de su zona era como ver la misma película una y otra vez. La triste realidad es que las doulas suelen dedicar su tiempo a ayudar a la mujer a relajarse mientras les ponen la epidural o les practican una cesárea. Pueden optar por discutir en el hospital, pero si lo hacen varias veces, es probable que las inviten a marcharse.

Se ha hablado mucho de la conexión entre vacunas y autismo. Pero ¿sabemos si hay alguna posible conexión entre la epidural y el autismo? ¿O entre las ecografías y el autismo?

Se habla continuamente de que hay una relación entre la inducción y las cesáreas, entre la epidural y las cesáreas. También se habla de la conexión entre la oxitocina sintética y el distrés fetal, que conduce a una cesárea. Hoy, una mujer me ha dicho que cuando se fue al hospital para tener a su primer bebé, había dilatado 3 cm. La enfermera le dijo que se pusiera la epidural inmediatamente, “antes de que me doliera demasiado”. Sorpresa: ahora aspira a tener un PVDC.

¿Cuántas mujeres conocemos que eligen ignorar el consejo de su obstetra y eligen un PVDC –a pesar de su insistencia en que sufrirá graves consecuencias– y han tenido una experiencia maravillosa y segura? ¿A cuántas de estas mujeres les habrán dicho que habían tenido “suerte” de que no les pasara nada malo? ¿Cuántas mujeres han tenido la “suerte” de estar en un hospital cuando algo fue mal –algo que seguramente no habría ocurrido si hubieran estado dilatando en su casa? ¿Cuántas mujeres no habrán tenido suerte, fuera cual fuera el lugar?

¿Por qué hay más bebés norteamericanos que sufren distrés fetal que bebés de otros lugares del mundo? ¿Por qué son tan abominables nuestras estadísticas de nacimientos? ¿Por qué las norteamericanas nos parecen menos capaces de parir que las mujeres de otras partes del mundo? ¿Por qué tienen tanto miedo al dolor? ¿Desean encontrar formas de dar a luz con serenidad? ¿Por qué no se han adoptado en los hospitales programas como Gentle Birth o HypnoBirthing, en su forma más verdadera? ¿Por qué la mayor parte de salas de partos están llenas de personal sanitario que nunca ha visto ni ha tenido un auténtico parto natural?

¿Por qué sabemos que la mujer, y no el médico, está eligiendo? La realidad y la ficción se entremezclan insidiosamente, de manera que las mujeres piensan que ellas están tomando decisiones, cuando, de hecho, una palabra cuidadosamente seleccionada, colocada estratégicamente, puede hacer que su pensamiento se tambalee, hacerlas dudar de su capacidad, e impulsarlas a decidir algo que no habrían elegido si las hubieran dejado pensar tranquilas.

Un estudiante de medicina que trabajaba conmigo el año pasado observó que los médicos, como figuras de autoridad deificadas, pueden influir a las mujeres en cualquier punto de sus vidas, pero sobre todo durante el embarazo y el parto, cuando la mujer da prioridad a la salud del hijo (y quizás también, como mencionaba antes, desea acabar pronto con el embarazo y todo lo demás). ¿Por qué no recordamos que la mayoría de nuestras antepasadas dieron a luz con éxito y que el parto en sí mismo es lo que “hacemos” para “poblar el planeta”?

¿Por qué parece que el parto vaginal ya no funciona? Esto hace que las mujeres se tengan que recuperar de una cirugía mayor, y luego, si están planeando tener más hijos, tendrán que enfrentarse a la dificultad de conseguir atención adecuada para un PVDC. Por supuesto la capacidad de elegir un PVDC se ve amenazada, lo que fuerza a las mujeres a elegir un parto en casa o un parto sin asistencia, cosa que no habrían hecho si el PVDC fuera aún una opción viable.

¿Somos todos conscientes de la abundante literatura que nos dice que el PVDC es seguro, así como las razones por las que el PVDC parece haber caído en desgracia en los últimos años? ¿Queremos escuchar a Eugene Declerq u obtener información de Gloria Lemay, Sarah Buckley y Henci Goer? ¿Una mujer embarazada que ha tenido un PVDC será para siempre una madre de PVDC y etiquetada como de alto riesgo, o será simplemente una madre de PVDPV –parto vaginal después de parto vaginal?

Mientras que algunas mujeres maravillosas, entusiastas y también frustradas con su parto ciertamente están siguiendo los pasos de las que lucharon a favor del parto natural y el PVDC durante años, ¿dónde están las otras mujeres de esta generación que, en lugar de ser engañadas, cortadas, debilitadas e impulsadas a pensar como si una cesárea fuera una verdadera “elección”, deberían estar educando a otras sobre los peligros de una cirugía abdominal mayor y el gozo absoluto del parto natural? Este tipo de alegría es totalmente diferente, e imposible (si no por otras razones, sí al menos, en parte, por razones hormonales) con un parto quirúrgico.

Mientras estaba escribiendo este artículo, he recibido un correo electrónico de una pareja que me dice que recientemente las autoridades médicas de su estado habían aprobado una ley que hace que sea ilegal atender en casa PVDCs, partos de nalgas o gemelares. ¿Quién les da el derecho a legislar sobre nuestros cuerpos? Elizabeth Noble, autora prolífica de publicaciones sobre el nacimiento, me dice que el parto no es una práctica médica, sino un acontecimiento psicológico.

La comadrona Valerie El Halta comparte esta opinión, y observa en correspondencia que la labor de la comadrona es un arte, mientras que la práctica de la medicina es una ciencia. Si se ilegalizan las comadronas, ¿cómo van a “elegir” las mujeres ser asistidas por una comadrona? ¿Es difícil comprender por qué algunas mujeres eligen parir sin asistencia? ¿También se va a ilegalizar? ¿Qué pasa con las mujeres que paren en casa “accidentalmente”, o las que lo hacen en un coche porque no consiguen llegar al hospital a tiempo? ¿Las van a considerar criminales, las perseguirá la justicia?

Estuve en un PVDC menos de 24 horas antes de escribir esto. Después de muchas horas, trasladamos a la mujer al hospital. Una vez allí, le pusieron la epidural –muy apreciada–, lo cual, incluso desde mi mentalidad antiepidural, era una elección necesaria. El bebé nació por vía vaginal cinco horas después de salir de la casa de la pareja, seguramente gracias a que habíamos elegido un hospital que todavía es favorable al PVDC. Ellos eligieron seguir ofreciendo y atendiendo un PVDC aunque el resto de instituciones de la zona se negaban a ello.

Cuando una persona realiza una elección, debe, en cierta medida, hacerse responsable de esa elección. Para algunas mujeres, puede ser más fácil permitir que otros tomen decisiones por ellas. Cuando tomé la decisión de tener un PVDC, hace 33 años, yo no tuve la sensación de que fuera una decisión, más bien era una necesidad. Yo no podía entrar en un hospital y ofrecerme en una especie de sacrificio ritual, ni permitir que me extrajeran mi bebé lo mismo que habían hecho con el primero. No conocía a nadie que hubiera tenido un PVDC. Alrededor de 18 médicos me dijeron que moriría o que mi bebé moriría si me atrevía a elegir esa opción. Yo sabía por mis investigaciones que yo estaba, lejos de eso, eligiendo vivir. (¿Tenemos alguna garantía en la vida? Muy pocas) Tenía bastante con una incisión, una cicatriz. ¿Me habría sentido disgustada si hubiera tenido otra cesárea? Sí. ¿Habría sobrevivido? Creo que sí.

Lois Estner, coautora de Silent Knife, señaló en febrero de 2008, en una carta al editor del Boston Globe, que durante siglos las mujeres habíamos sido capaces de dar a luz con muy pocas intervenciones médicas. Luego, el nacimiento se trasladó a los hospitales, y el proceso se convirtió en un acto médico, y cada vez más quirúrgico. Ella nos advierte que si esta tendencia continúa, las únicas mujeres que podrán “elegir” un parto vaginal serán las que no lleguen al hospital a tiempo para sus cesáreas.

Hace poco, tuve el placer de conocer a una comadrona llena de energía, que ha atendido miles de partos domiciliarios y que vive entregada a la prevención de las cesáreas y la defensa del PVDC. Está muy preocupada por la falta de elección de las mujeres en su estado, y sugiere que deberíamos empezar a educar sobre el nacimiento a las niñas en las aulas de educación infantil . Esta comadrona está muy preocupada por el aumento constante de cesáreas y por el hecho de que las mujeres tienen miedo de sus propios cuerpos entren en funcionamiento, lo que las aliena de sí mismas. Me explicó que está pensando en crear una web para mujeres y otra para hombres, para reducir el número de cesáreas y aumentar el número de PVDCs. Y pienso que debería hacerlo. ¿Por qué no?

Carla Hartley, director de Ancient Art Midwifery y de Trust Birth Initiative, ofrece un plano para obstetras confusos que no parecen conocer el sitio por donde se supone que saldrá el bebé. Se pregunta por qué el lema de los hospitales estadounidenses parece ser “No se necesita vagina”. ¿Queremos vivir en una cultura donde las mujeres son etiquetadas como incapaces de parir y los bebés llegan al mundo en quirófanos en medio de mascarillas y bisturís?

Eso es lo que está sucediendo.

Y una pregunta más: ¿Sabíais que entre los miles de mujeres con las que he trabajado que han tenido PVDC, ninguna ha sufrido depresión postparto? Incluidas las mujeres que tuvieron graves problemas después de sus cesáreas. Algunas se sentían cansadas, o tenían diferentes molestias, pero esto mezclado con alegría, orgullo, éxtasis, euforia. Algunos dicen que el modo de nacer no implica ninguna diferencia, y que las mujeres que se sienten traumatizadas porque han tenido una cesárea deberían acudir al psiquiatra y hacérselo mirar. Nada de eso. Las mujeres que han tenido una cesárea sienten que se han perdido un acontecimiento fundamental en sus vidas, algo que, cuando las decisiones son correctas y el amor y la atención están presentes, es simplemente espectacular.

Una madre de PVDC me preguntó: “¿Que si me gustaría creer que tuve el maravilloso parto que yo deseaba gracias a mis decisiones? Por supuesto que sí. Pero eso sería falso, porque aunque yo piense que nuestras elecciones son fundamentales, en el fondo, la esencia del nacimiento es un misterio. No creo que nuestras mentes racionales puedan comprender ese misterio, y que ciertamente no puede ser controlado o vaticinado por nuestras elecciones. Es simplemente el nacimiento. Aunque nuestras decisiones durante el embarazo y el parto importan, el nacimiento no es, en último extremo, una cuestión de decisiones.”

A las mujeres que han elegido un PVDC, que vuestros partos sean tal y como deseáis. Si el PVDC no es posible, que cada una de vosotras elija sentirse fuerte y orgullosa por haber hecho todo lo que estaba en su mano. A las que “elijáis” una cesárea por razones que no sean estrictamente necesarias, que podáis “elegir” no sufrir una infección, no tener que arrastrar los pies hasta el baño, no tener una cicatriz antiestética en el vientre. Que podáis elegir conectar con las razones reales por las que decidisteis que os cortaran, y que podáis elegir encontrar a alguien que les hable a vuestras hijas de la normalidad del nacimiento, para que cuando estén embarazadas, se sientan libres de tomar sus propias decisiones con amor y respeto a sus cuerpos.

Nancy Wainer es comadrona y ha sido activista por el parto respetado durante más de una década. Da clases de preparación al parto, es instructora de hipnoparto, y asiste partos domiciliarios.

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[Este artículo fue publicado por primera vez en Midwifery Today, 86, verano de 2008. Traducción de E. García-Peña para Crianza Natural, con el permiso de Midwifery Today]

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