El antropólogo Stephen Backerman tenía sus cuarenta y tantos años cuando finalmente entendió como se hacen los niños. Él había pensado, como la mayoría, que el espermatozoide de un hombre y el óvulo de una mujer se unían para formar un niño. Pero un día de verano, él y su colega Roberto Lizarralde estaban tumbados en sus hamacas, charlando con Raquel, una anciana mujer de la tribu Barí de Venezuela, cuando ella les mostró su error. Los niños, explicó, pueden
fácilmente tener más de un padre biológico. “Mi primer marido era el padre de mi primer, segundo y tercer hijo”, dijo Raquel rememorando su vida. “Pero mi cuarto hijo, en realidad, tiene dos padres”. Era evidente que Raquel no se refería a un padre adoptivo, un padrastro o un tío cercano que se llevara al niño a pescar
cada fin de semana. Estaba simplemente explicando la versión de la concepción que tiene el pueblo Barí a esos antropólogos ignorantes: un feto va creciendo con el tiempo gracias a lavados repetidos de esperma, lo que implica, por supuesto, que más de un hombre puede contribuir a la tarea.
Esta charla cambió no sólo la manera en que Backerman y Lizarralde veían las familias de Barí, sino que les cuestionó seriamente la manera en que los antropólogos consideran las parejas humanas. Si la paternidad puede ser
compartida, una idea aceptada por muchos grupos indígenas en Suramérica y otras muchas culturas alrededor del mundo, entonces la familia nuclear con una madre y
un padre puede no ser el patrón establecido en que siempre hemos pensado. En
consecuencia, la conocida historia del comportamiento de pareja humano
tradicional, donde el hombre cazador lleva la comida a su casa para su leal
esposa, pierde credibilidad. Y si los Barí y otros grupos funcionan
perfectamente bien con otros estilos familiares más flexibles, la variedad de
estructuras familiares que cada vez resulta más común en la actual cultura
occidental (cualquier cosa desde la familia con un solo progenitor hasta una
mezcla de familiares) puede indicarnos que no es tan peligroso para el tejido
social como estamos inclinados a creer. La gente en esta cultura puede
simplemente ejercer las mismas opciones familiares que los humanos han tenido
durante millones de años, opciones que han estado en marcha en otras culturas
mientras occidente tomaba una visión más estricta de lo que constituye una
familia.
Stephen Backerman se acomoda en su silla y observa la topografía de la
montaña de papeles sobre la mesa de su despacho en la Universidad del estado de
Pensilvania. Cuando consigue localizar en mapa bajo una pila de papeles, muestra
una zona en la frontera entre Venezuela y Colombia donde ha pasado 20 años,
yendo y viniendo, con los indígenas de Barí.
La cultura tradicional Barí, explica Backerman, ha sufrido numerosos ataques
externos, empezando por los conquistadores, que llegaron a principios del siglo
XVI. Hoy, los misioneros católicos interactúan con los Barí, las compañías de
carbón y petróleo intentan apoderarse de sus tierras, y los traficantes de
drogas y las guerrillas les amenazan constantemente. Las influencias de
occidente son evidentes: muchas familias se han trasladado desde las grandes
viviendas tradicionales a pequeños habitáculos donde sólo puede vivir una
familia, y todos emplean ropas y utensilios occidentales. De cualquier forma,
los Barí mantienen sus tradiciones en la agricultura, pesca y caza, según
Roberto Lizarralde, antropólogo de la Universidad Central de Venezuela, quien
les ha visitado regularmente desde 1960. Lizarralde también comenta que los Barí
todavía tienen una gran fe en los espíritus tradicionales y la sabiduría
ancestral, incluyendo su noción de que un niño puede tener múltiples padres
biológicos.
Los Barí creen que el primer acto sexual, que debe ser siempre entre un
marido y su mujer, planta la semilla. A partir de entonces, el incipiente feto
debe nutrirse de repetidas aportaciones de semen. El cuerpo de la mujer se
considera como un navío donde los hombres se encargan de todo el trabajo. “Uno
de los motivos que dan las mujeres para tener amantes es que no quieren agotar a
sus maridos” dice Beckerman. “Como el soportar una mujer embarazada, dándole la
cantidad suficiente de sexo, resulta un trabajo duro para los maridos, así los
amantes ayudan en la tarea.” Dicen los Barí que las mujeres engordan durante el
embarazo, mientras los hombres adelgazan debido a su arduo trabajo.
Los antropólogos estudian las ideas de una cultura sobre la concepción porque
estas ideas tienen un impacto profundo en la manera que la gente vive sus vidas.
En nuestra cultura, por ejemplo, la concepción de los hijos conlleva una
responsabilidad económica a largo plazo para ambos, la madre y el padre. Tomamos
estas obligaciones tan en serio, que cuando un padre no puede mantener a un hijo
puede incurrir en una violación de la ley. En el sistema Barí, cuando un hombre
es nombrado como padre biológico secundario, también tiene la misma obligación
frente a la madre y el niño. Además, se espera que ofrezca regalos de pesca o
caza. Estos regalos son una carga significativa porque también tiene que
mantener a su mujer y sus hijos principales.
Beckerman y sus colegas han descubierto que nombrar padres secundarios tiene
consecuencias evolutivas. Un equipo de etnógrafos, dirigidos por Beckerman,
Roberto Lizarralde y su hijo Manuel, un antropólogo del Connecticut College que
ha visitado a los Barí desde que tenía 5 años, entrevistaron a 114 mujeres Barí
que ya habían criado a sus hijos y les preguntaron sobre su pasado a nivel
reproductivo. “Esas entrevistas fueron muy divertidas”, dice Beckerman riéndose.
“Mujeres mayores hablándonos sin tapujos de sus amantes.” En total, los
investigadores registraron unos 916 embarazos, una media de ocho embarazos por
mujer. Pero la mortalidad infantil era también alta, ya que alrededor de un
tercio de los niños no alcanzaba más de 15 años. Asignar padres secundarios era
un factor crítico al predecir qué bebés serían adultos. Los padres secundarios
estaban involucrados en un 25 por ciento de los embarazos, y el equipo determinó
que dos padres era el número ideal. Los niños con un padre y un padre secundario
sobrevivían a su adolescencia más que los niños que tenían sólo uno o más de
dos. Los investigadores también observaron que este decremento en la mortalidad
ocurría no sólo durante la vida del niño, sino que también afectaba su vida
intrauterina: las mujeres que tenían un marido y un hombre adicional que
contribuía con la manutención, tenían menos riesgo de aborto y malformaciones
que las otras. Los resultados fueron sorprendentes porque los investigadores
pensaban que sería más importante la ayuda durante la niñez.”Los Barí no están
hambrientos; no están en los huesos. Pero debe ser la grasa y la proteína extra
que reciben de los padres secundarios durante la gestación la que marca la
diferencia”, cuenta Beckerman mientras muestra fotografías de mujeres Barí que
parecen bien alimentadas, incluso realmente rechonchas.
Las mujeres Barí parece que usan este sistema más flexible de paternidad
cuando lo necesitan. Entre familias, algunos niños tienen padres secundarios
cuando sus hermanos pertenecen al marido solamente. El equipo descubrió que la
madre está más predispuesta a tomar un padre secundario cuando un primer hijo ha
muerto durante la infancia. Manuel Lizarralde arguye que la estrategia tiene
mucho sentido, dado que los Barí creen que la mejor manera de curar un niño
enfermo es que el padre eche humo de tabaco sobre el cuerpo del niño. “Es fácil
imaginar que una madre preocupada piense que si hubiera tomado un padre
secundario, hubiera habido más humo para su niño fallecido, con lo que podría
haberse salvado. Y se procura esta ventaja para un siguiente hijo”.
Beckerman indica que tener más padres ha sido siempre un seguro para tiempos
inciertos: “Como en otra época los Barí fueron cazados como animales por otros
indígenas, conquistadores, petroleros, granjeros y agricultores, las
posibilidades de que una mujer enviudara cuando ella tenía todavía niños
pequeños eran de una entre tres, según los datos recogidos entre los años 1930 y
1960. Tanto los hombres como las mujeres lo sabían. Y ninguno de ellos podía
contratar un seguro de vida como en occidente. Al permitir a la mujer que
tuviera un amante, el marido hacía todo lo posible para asegurar la
supervivencia de sus hijos.”
Las mujeres Barí son también más libres de hacer lo que les place, pues los
hombres necesitan de su trabajo. Tener una esposa es una necesidad económica, ya
que ellas cultivan, recogen y cocinan la mandioca, mientras los hombres cazan y
pescan. “La división sexual de las labores es tal que no puedes sobrevivir sin
un miembro del sexo opuesto”, dice Beckerman. Inicialmente los investigadores se
preocuparon de que los celos por parte de los hombres hicieran que las mujeres
Barí fueran reticentes a tener múltiples parejas sexuales. “En nuestras primeras
entrevistas, esperábamos a que los hombres estuvieran fuera de la casa”, dice
Beckerman. “Pero un día entrevistamos a una pareja que disfrutaban pensando
sobre sus vidas; estaban tumbados en sus hamacas, una al lado de la otra, y era
obvio que él no se iba a ir. Así que empezamos con la lista de sus hijos y les
preguntamos sobre los otros padres. Ella dijo no, no, no por cada hijo, y
entonces el padre interrumpió al llegar a uno y dijo ‘Eso no es cierto, no
recuerdas, había ese tipo…’ Y el marido sonreía.”
No todas las mujeres tienen amantes. Manuel Lizarralde descubrió a través de
las entrevistas que un tercio de las 122 mujeres fueron leales a sus maridos
durante sus embarazos. “Estas mujeres dicen que o no lo necesitaron, o nadie
preguntó, o tuvieron ayuda suficiente por parte de la familia y no requerían
otro padre para su hijo”, dice Lizarralde. “Algunas incluso admiten que a sus
maridos no les gustaba la idea”. O tal vez es un indicio de que los tiempos
están cambiando. Basándose en sus visitas más recientes a los Barí, Lizarralde
cree que, bajo la influencia de los valores occidentales, el número de las
personas que se compromenten a una paternidad múltiple puede ir decrementándose.
Pero su padre, que ha trabajado con los Barí durante más de 40 años, no está de
acuerdo. Él dice que la práctica es igual de frecuente pero los Barí lo comentan
menos abiertamente que antes, pues saben que los occidentales ponen objeciones a
sus ideas. Después de todo, los antropólogos necesitaron 20 años para conocer la
existencia de los otros padres, y hoy en día los Barí son probablemente incluso
más discretos porque saben que Occidente desaprueba sus creencias.
“Lo que esta información nos indica,” dice Beckerman, “es que los Barí pueden
estar haciendo algo menos loco con el matrimonio estos días, pero la mayoría de
ellos todavía creen que un niño puede tener más de un padre.”
Es importante indicar que la idea de los Barí de que la paternidad biológica
puede ser compartida no es una costumbre peculiar de una tribu; los antropólogos
han descubierto que esta idea es general en Suramérica. La misma creencia es
compartida por grupos indígenas en Nueva Guinea e India, sugiriendo que la
paternidad múltiple ha formado parte del comportamiento humano durante mucho
tiempo, minando todas las descripciones previas de cómo el emparejamiento humano
ha evolucionado.
Desde los años 60, cuando los antropólogos empezaron a definir los escenarios
de las primeras parejas humanas, siempre asumieron que el modelo familiar empezó
con una mujer y un hombre unidos por siempre para cuidar a los hijos, un modelo
que se ajusta perfectamente al comportamiento occidental. En 1981, en un
artículo titulado “El Origen del Hombre”, C. Owen Lovejoy, un antropólogo de la
Universidad de Kent, esbozó la historia estándar de la evolución humana tal como
se usaba normalmente y tal como se presenta en los libros de texto todavía hoy.
Los bebés humanos, con sus grandes cerebros y largos periodos de crecimiento y
aprendizaje, han sido siempre dependientes de los adultos, una dependencia que
separa los humanos de los simios. Las madres solas no podían encontrar comida
suficiente para este niño dependiente, así que las mujeres siempre necesitaron
de un hombre que estuviera cerca y mantuviera a la familia. Desafortunadamente
para las mujeres, tal como los psicólogos evolutivos sugieren, los hombres están
predispuestos por su biología a aparearse con tantas mujeres como sea posible
para transmitir sus genes. A pesar de ello, estos hombres pueden haber sido
manipulados para estar con una sola mujer que les ofreció sexo y la promesa de
serles fiel. El hombre, bajo estas condiciones, se aseguraba la paternidad, y
puede haberse quedado para asegurarse de que sus hijos sobrevivían.
Este escenario presenta a los humanos como monógamos naturales, formando
familias nucleares como una necesidad evolutiva. El único problema es que
alrededor del mundo las familias no siempre funcionan así. De hecho, como los
Barí y otras culturas demuestran, hay muchas maneras de formar una familia con
éxito.
Los Na, de la Provincia de Yunnan en China, por ejemplo, tienen una sociedad
centrada en la mujer donde los maridos no forman parte de ella. Las mujeres
crecen y continúan su vida con sus madres, hermanas y hermanos; ellas nunca se
casan o se van de su recinto familiar. Como resultado, las hermanas y hermanos,
más que las parejas de matrimonios, son la unidad económica que trabajan las
granjas y pescan. Los amantes masculinos son simplemente visitantes en este
sistema. No tienen ni espacio ni poder en la casa, y los niños son criados por
sus madres y por los hermanos de las madres. El padre es únicamente identificado
si hay un parecido entre él y el niño, e incluso así, el padre no tiene ninguna
responsabilidad sobre él. A menudo, las mujeres tienen relaciones sexuales con
tantos hombres que el padre biológico es desconocido. “No he encontrado ninguna
palabra que especifique la noción de padre en el lenguaje Na”, escribe el
antropólogo chino Cai Hua en su libro Una Sociedad sin Padres ni Maridos: Los
Na de China. En este caso, las mujeres tienen un control completo sobre sus
hijos, propiedad y sexualidad.
Alrededor de Sudamérica, los sistemas familiares varían porque las culturas
ponen sus creencias en práctica de maneras diferentes. Entre algunos nativos,
como los Canela, los Mehinaku y los Araweté, las mujeres controlan sus vidas
sexuales y su fertilidad, y la mayoría de los niños tienen distintos padres. Las
mujeres Barí son libres sexualmente desde edades tempranas. “Cuando han
completado su ritual de pubertad, una chica Barí puede tener relaciones sexuales
con quien quiere, siempre que no viole el tabú del incesto”, explica Beckerman.
“Nadie puede decir nada, ni mamá o papá”. Las mujeres también pueden rechazar
pretendientes.
En otras culturas de Suramérica, la vida no es tan libre para las féminas,
aunque los miembros de esas culturas también opinen que los niños puedan tener
más de un padre. Los Curripaco del Amazonas, por ejemplo, reconocen la
posibilidad de la paternidad múltiple como una posibilidad biológica, aunque
desaprueban que la mujer tenga otras relaciones sexuales. Paul Valentine, un
profesor adjunto de antropología de la universidad de East London que ha
estudiado los Curripaco durante más de 20 años dice: “Las mujeres Curripaco
están en una difícil situación. Las esposas llegan a la aldea desde distintas
áreas y es un sistema muy patrilineal. Si el marido muere, la viuda solamente
puede buscar ayuda en sus hermanos o miembros de su propia familia para
encontrar un nuevo marido.”
El poder relativo de las mujeres y los hombres sobre sus vidas sexuales tiene
consecuencias importantes. “En algunos sistemas sociales y económicos, las
mujeres son libres de elegir a su pareja”, dice Valentine. En esas culturas, las
mujeres son a menudo los fundamentos de la sociedad, mientras que el hombre
tiene menos poder en la comunidad. Las hermanas tienden a quedarse en la misma
casa o entorno que sus madres. Las mujeres, en otras palabras, tienen poder para
tomar decisiones. “En el otro extremo, de alguna manera, están los hombres que
intentan maximizar su éxito evolutivo a expensas de la mujer”, dice Valentine.
Los hombres y las mujeres a menudo tienen un conflicto de intereses en lo que
se refiere a emparejarse, el matrimonio y quien debería ocuparse más de los
niños, y los ganadores han sido a veces los hombres y a veces las mujeres. Como
dice Beckerman de una manera más bien perversa, “cualquiera que crea que en las
relaciones de pareja el objetivo es la procreación, obviamente nunca ha estado
casado.”
Los Barí y los demás muestran que los sistemas humanos son, en realidad, muy
flexibles, y que están preparados para acomodarse a cualquier tipo de pareja o
de familia. “Creo que los seres humanos son capaces de hacer la vida
extremadamente complicada. Esta es nuestra manera de llevar las cosas a cabo,”
dice Ian Tattersall, un paleoantropólogo y cuidador de la división de
antropología del museo de Historia Natural de la ciudad de Nueva York.
Efectivamente, tal flexibilidad sugiere que no hay razón para asumir que la
familia nuclear es el sistema de agrupación humana natural, ideal o incluso más
evolucionado. Como dice Beckerman, “Una de las cosas que esta investigación
muestra es que los seres humanos son tan listos y creativos montando sus
relaciones de parentesco como poniendo naves en el espacio o creando sinfonías”.
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