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La felicidad de las cosas pequeñas

Edurne Estévez Bernal

Publicado el jueves, 05 de noviembre de 2015 en Educación y crianza


Existe un entrañable vídeo en YouTube que periódicamente aparece en las redes sociales, compartido por muchos de nuestros contactos. En él, un pequeño que no llegará a los dos años pasea por un camino rural en compañía de un perro imponente, al que lleva de la correa. En un momento dado, encuentra un charco que le hace desviarse ligeramente de su trayectoria, tirando de la correa para que su amigo también le siga. Pasa por el charco una vez... y luego quiere repetir, pero el can no está muy por la labor. Así que ¿qué hacer? Pues dejar la correa en el suelo y ponerse a la tarea, que no es otra que pasar por el hermoso charco unas cuantas veces, a diferentes velocidades y con diferentes cadencias de paso y salpicadura. Mientras tanto, el perro le espera pacientemente. Una vez ha terminado la exploración, regresa, toma de nuevo la correa y continúan el camino. ¡Simplemente adorables! Pero, ¿y si nos imaginamos que fuese uno de nuestros hijos? ¿nos parecería de verdad tan adorable o, tal vez, un poco más preocupante?

Quizás hemos olvidado lo que era para nosotros un charco a esa edad. Esa superficie de agua, más o menos turbia, en la que podíamos salpicar, chapotear y sentir unos minutos de libertad. Ese sonido del chapoteo de nuestros pies, plof, plof, tenía algo de hipnótico... hasta la llegada de un adulto, al que, indefectiblemente, esos juegos en el agua le parecían algo tan arriesgado como una ruleta rusa. Las épicas exclamaciones de nuestras madres, cantando los siete males que nos iban a suceder por habernos calado hasta los huesos, esos resfriados apocalípticos que íbamos a atrapar y, cómo no, el ahoralarropatodamojada. Pero esos momentos de felicidad ya no nos serían arrebatados.

Ahora, cuando son nuestros hijos los que descubren un estupendo charco en el que saltar, ¿qué nos viene a la mente? ¿Esas exclamaciones maternas, la prisa que tenemos, la ropa que tendremos que lavar? Quizás sea momento de pararse a pensar si no podemos detenernos unos minutos y ver cómo arreglarlo para poder saltar en ese charco... tal vez incluso nosotros con ellos. Seguramente este va a ser su primer contacto, y el más ameno, con la mecánica de fluidos. Del día a día se pueden sacar unas estupendas oportunidades de aprendizaje, que no deberían ser menospreciadas. Porque, si no lo hacen ahora, ¿cuándo van a saltar en un charco? ¿Cuándo sean mayores?


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