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Una mejor manera de decir 'lo siento'

Publicado el viernes, 20 de septiembre de 2019. Revisado el miércoles, 27 de mayo de 2020.
Autor: Jo Ellen
Tiempo medio de lectura: 11 minutos y 49 segundos

─ Dile a tu hermano que lo sientes.
─ Pero ha sido él quien...
─ ¡Dilo! ─ insistes con un toque de advertencia en tu voz.
Él resopla, mira a otro lado y dice con rotundidad:
─ Lo siento.
─ Díselo en serio ─ exiges.
─ Lo sieeeento ─ repite, arrastrando la palabra lentamente con los ojos goteando mentira.
Suspiras derrotada y pasas al segundo:
─ Ahora dile que le perdonas.
─ ¡Pero ni siquiera lo dice en serio!
─ ¡Sólo dilo!
─ Te perdono... ─ murmura, mirando abatido a un lado.
─ Ahora sed amables el uno con el otro.

Silencio sepulcral.

Este escenario resulta demasiado familiar, si no de tus experiencias como progenitor, al menos de tus vivencias como niño. Resulta fácil ver que no suele ser efectivo. Es probable que tú, maestro, padre o autoridad, te beneficies al máximo porque así, al menos, puedes sentir que has hecho algo al respecto, lo que te permite cerrar el caso. Problema resuelto... ya no hay pelea. Por dentro sabes, sin embargo, que el ofendido aún sigue resentido, ya que la disculpa no ha sido sincera. Y, si bien puede parecer que el ofensor se ha librado fácilmente sin siquiera mostrar el remordimiento adecuado o utilizar un tono sincero, es en realidad el que más pierde. No solo aprende la mala lección de que puede salirse con la suya con mentiras y palabras huecas, sino que pierde la oportunidad de experimentar una reconciliación verdadera y la reparación de las relaciones. Probablemente continuará infligiendo ofensas similares, sentirá menos remordimiento del que debiera y sufrirá un cambio de carácter menos positivo del que podría tener.

Pero, ¿qué alternativa tienes? ¿Qué más se supone que debes hacer? No puedes forzar una disculpa genuina y que se arrepienta de corazón, ¿verdad?

En realidad, sí puedes. No al 100%, pero sí en un porcentaje mucho mayor que en la escena antes descrita. La primera vez que lo escuché fue en un programa de capacitación docente. El ponente comenzó con una diatriba sobre cómo hoy en día nadie enseña a los niños a disculparse adecuadamente. Captó mi atención, porque realmente no sabía ninguna otra manera de enseñarles aparte de hacer que dijeran "lo siento". Sabía que no era muy eficaz, pero no había considerado otros métodos. Así que preparé papel y boli, y mientras él enumeraba "formas adecuadas de disculparse", apunté sus palabras al pie de la letra:

Lo siento por...
Esto está mal porque...
La próxima vez, haré...
¿Me perdonas?

Tenía mucho sentido. Parecía un poco tedioso, pero cuanto más pensaba en ello, más claro tenía que cada pieza era necesaria. Aunque eso fue todo lo que dijo al respecto aquel día, se convirtió en una parte integral de la cultura de mi aula en los años venideros. Ese día, volví a mi clase, cogí una cartulina y escribí las indicaciones claramente, titulando el cartel: "Cómo decir lo siento". La siguiente tarde, hablé con los niños acerca de las disculpas adecuadas. Revisamos la importancia del tono de voz y el lenguaje corporal. Cuando usé mi voz más insolente y escupí, “Pues VALE, pues LO-SIEN-TO", se rieron todos, por la obvia falta de sinceridad y la escena tan familiar. Mostré la importancia del lenguaje corporal, cruzando los brazos y mirando hacia un lado mientras murmuraba: "Lo siento". Cuando les pregunté si parecía que lo decía en serio, todos gritaron alegremente "¡NOOOO!" al unísono. Hice algunas demostraciones más de "los sientos" patéticos, y después nos pusimos manos a la obra. Les hice ver que las disculpas no tienen sentido si la gente no llega a sentir que el agresor lo dice en serio, y si realmente no planea cambiar en el futuro. Luego revisé el póster que había hecho y describí los siguientes puntos:

1) Lo siento por...: Sé específico. Muestra a la persona ante la que te disculpas que entiendes perfectamente por qué está molesta.

- Incorrecto: Lo siento por ser malo.
- Correcto: Siento haber dicho que nadie quiere ser tu amigo.

2) Esto está mal porque...: Esta hay que pensarla más, pero es una de las piezas más importantes. Hasta que no comprendas qué has hecho mal o cómo has herido los sentimientos de alguien, es poco probable que cambies. También es importante para demostrarle a la persona herida que entiendes perfectamente cómo se siente. ¡No te puedes ni imaginar la enorme diferencia que supone! A veces, más que la disculpa, la gente quiere sentirse comprendida. A veces, solo mostrar comprensión, incluso sin pedir una disculpa, es suficiente para que se sientan mejor.

- Incorrecto: Esto está mal porque me he metido en problemas.
- Correcto: Esto está mal porque hiere tus sentimientos y hace que te sientas mal contigo mismo.

3) La próxima vez haré...: Utiliza un lenguaje positivo y di qué vas a hacer, no lo que no vas a hacer.

- Incorrecto: La próxima vez, no diré eso.
- Correcto: La próxima vez, dejaré en mi cabeza esas duras palabras.

Ahora practiquemos usando un lenguaje positivo. Al principio será difícil, pero mejorarás. ¿Alguien puede pensar en cómo cambiar estos enunciados incorrectos de forma positiva?

- Incorrecto: La próxima vez, no te interrumpiré.
- (Correcto: La próxima vez, te dejaré terminar de hablar.)

- Incorrecto: La próxima vez, no te empujaré.
- (Correcto: La próxima vez, tendré las manos quietas.)

- Incorrecto: La próxima vez, no cogeré tu goma de borrar.
- (Correcto: La próxima vez, te preguntaré si me dejas la goma de borrar.)

4) ¿Me perdonas? Esto es importante para intentar reparar tu amistad. Eso sí, no es obligatorio que la otra persona te perdone. Algunas veces no lo hará. Es su decisión. Con suerte, puedes intentar ser ese tipo de amigo al que se perdona fácilmente, pero no es algo que pase automáticamente solo por pedir disculpas. Aunque, al menos, deberías pedirlas.

Como maestra, sé que pedir perdón coloca al agresor en una incómoda y vulnerable situación de modestia. Sin embargo, esta frase aparentemente obvia pero ampliamente infrautilizada es muy, muy poderosa, tanto para el ofensor como para el ofendido. Es la clave de la reconciliación y, a menudo, el primer paso para reparar la amistad.

También sé que la segunda pieza, "Esto está mal porque...", es poderosa para cambiar el comportamiento del niño infractor a largo plazo. Obligar al niño a ponerse en el lugar de otro aumenta la empatía y les ayuda a comprender mejor cómo han herido a otra persona. Este ejercicio, al tratar de contemplar la perspectiva de otra persona, puede ser muy poderoso.

Después de esta charla, pedí que saliera algún voluntario para dramatizar algunas disculpas. Nos detuvimos en varios puntos y reflexionamos sobre cómo mejorar la disculpa: ¿era sincero el lenguaje corporal? ¿El que pedía disculpas captaba realmente el sentimiento de la otra persona? Algunas veces, le pedía al alumno que pusiera los ojos en blanco, mirara hacia otro lado, murmurara o expresara algo de cierta manera. Los alumnos se lo tomaron como un juego, tratando de detectar lo que fallaba en la disculpa. Fue muy eficaz porque, llegado el momento de disculparse realmente, todos sabíamos que conocíamos las reglas, y la expectativa era la disculpa sincera y profunda.

La primera vez que probé con mis alumnos esta “nueva” disculpa pasada de moda, no esperaba ningún resultado duradero. Solo quería ver qué pasaba. Pero lo que sucedió en las siguientes semanas y meses simplemente me dejó alucinada. Comenzó en nuestras reuniones semanales de los viernes por la tarde. Ya habíamos conseguido algo bueno en ellas, con los niños elogiándose unos a otros con cumplidos y apreciaciones: "Me gustaría darle un aplauso a John por pedirme que jugara con él en el recreo" o "¡Me gustaría darle un aplauso a Kylie por haber trabajado muy duro en sus redacciones esta semana!" La verdad es que era bonito, y los alumnos disfrutaban elogiando y siendo elogiados.

Una semana, decidí revisar nuestra lección de disculpas y pregunté a los alumnos si alguien necesitaba "limpiar" algún suceso de la semana disculpándose en clase con alguien. Al plantearlo, pretendía que cualquier voluntario se encargara del asunto en privado. Mi primera voluntaria, sin embargo, comenzó a disculparse con su amiga allí mismo, frente a toda la clase. Antes de que pudiera detenerla, comenzó a sollozar mientras se disculpaba, pronunciando cada palabra como si llevara días pensándolas. Quizás lo hizo. Pude ver el alivio en su cara cuando su amiga aceptó la disculpa. Las chicas sonrieron tímidamente y supe que estábamos haciendo algo bueno. Antes de darme cuenta, los alumnos empezaron a levantar las manos, deseosos de disculparse ante las personas que habían ofendido. Algunas de las personas "ofendidas" ni siquiera se habían dado cuenta de que habían sido agraviadas, pero de todos modos perdonaron alegremente.

Entonces un chaval levantó la mano. Era un chaval que no gustaba a la mayoría de los otros niños, por todas las razones habituales: era mandón, grosero y casi siempre desagradable. Se disculpó con toda la clase por ser tan fastidioso y declaró su intención de cambiar. Muchos intercambiaron miradas perplejas, impresionadas, yo entre ellas; fue un gran paso en el crecimiento personal de este niño. Me resultó especialmente conmovedor ver cómo sus compañeros de clase interactuaron con él después. De verdad querían darle una segunda oportunidad y trataron de ayudarle a mejorar. Estoy segura de que no le resultó fácil admitir ante la clase lo fastidioso que era, pero fue un primer paso muy poderoso para cambiar sus relaciones con todos. Aunque no fuera a la perfección, su comportamiento mejoró mucho después de este momento y me alegra haber podido darle las herramientas y el espacio para poderse “resetear”.

Como podrás imaginar, esta reunión nos llevó mucho más tiempo de lo habitual. En sucesivas semanas, procuré que los alumnos expresaran sus disculpas y cada semana había personas interesadas en hacerlo. Los alumnos disfrutaron de la oportunidad de admitir las malas acciones, compartir la intención de cambiar y restablecer las amistades. Fue precioso. Comenzaban rígidos e incómodos, y acababan con la cara iluminada, sonriendo.

Los niños no fueron los únicos en beneficiarse de las disculpas. Yo también lo hice. A veces llamaba a un alumno y el alumno no me hacía caso. Toda la clase estaba sentada, esperando impacientemente que el compañero de clase se pusiera las pilas y contestara a la pregunta. Normalmente, eran los mismos niños que no prestaban atención y retrasaban a toda la clase. Un día, sorprendiéndome incluso a mí misma, me detuve, me dirigí al estudiante infractor y le dije:

─ Discúlpate.
─ ¿Eh?
─ Pide disculpas. A mí.
─ Humm ... ─ comenzó, mirando desconcertado a su alrededor ─ Lo siento por... no prestar atención. Esto está mal porque... no estaba prestando atención
─ Inténtalo otra vez.
─ ...porque estás enfadada? ─ dijo.
─ No.
─ ...porque no estoy aprendiendo? ─ preguntó.
─ Sí. ¿Y?
─ Y porque... ─ miró hacia abajo, nervioso.
─ Porque ─ terminé por él ─ toda la clase te está esperando y estás perdiendo el tiempo.
─ Porque toda la clase...
─ Empieza desde el principio.

Sí, a veces soy muy dura con ellos. Amor duro.

Empezó de nuevo:

─ Lo siento por no prestar atención. Esto está mal porque no estoy aprendiendo y toda la clase está esperando y estoy perdiendo el tiempo. La próxima vez, atenderé. ¿Me perdonas?
─ Sí ─ le dije, luego me volví hacia los demás ─ ¿Clase?

Los alumnos asintieron con la cabeza y reanudamos la clase. Nadie perdió el ritmo el resto del día. La siguiente vez que sucedió, semanas más tarde, la alumna en cuestión se apresuró a disculparse, expresando cómo su falta de atención le perjudicaba a sí misma y a sus compañeros de clase, y cambió rápidamente. Ya no era una cuestión de vergüenza o de verse en un aprieto, sino simplemente reconocer 1) qué salió mal, 2) quién se vio afectado, 3) cómo cambiar y 4) pedir perdón. ¡Aluciné con la manera en que todos mis alumnos se centraban cuando nos disculpábamos por no atender! Sorprendentemente, fue mucho más eficaz que echarles la bronca individualmente. Creo que tuvo algo que ver con mi sentimiento de admiración hacia toda la clase. De cualquier forma, mejor para mí y mejor para ellos.

Un día, mi directora vino a informarme de que un par de mis alumnos se habían peleado con otros niños durante el almuerzo. Suspiré con desaprobación mientras seguía hablando para comentarme lo impresionada que estaba con mis alumnos. ¿Impresionada? Resulta que uno de ellos ofreció rápidamente una disculpa completa de 4 pasos. Inmediatamente después, mi otro alumno también se disculpó por la parte que le tocaba. Ante estas declaraciones, alucinó totalmente y vino a buscarme para contármelo. Aunque no me sorprendió que fueran tan buenos disculpándose (siempre hay unos cuantos niños que practican más que el resto...), ¡no podría haber estado más orgullosa! ¡Esas disculpas sinceras y significativas salieron de mi clase al patio de recreo y hasta al despacho de la directora! Quizás, solo quizás, lo llevarían a otros espacios de sus vidas. La esperanza de todo maestro.

No estoy segura de si mis alumnos llevaron esta disculpa formal a casa, o si la recuerdan en quinto curso. Pero sé que funciona, y sé que algún día voy a enseñarselo a mis propios hijos. Prueba con tus hijos en alguna ocasión... ¡No te arrepentirás!


Sobre Jo Ellen
JoEllen es maestra de primaria y madre. Desde hace unos años comparte su experiencia y consejos como educadora en su blog personal www.cuppacocoa.com

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