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Respetar y apoyar a las madres adolescentes

Publicado el martes, 22 de enero de 2019. Revisado el martes, 22 de enero de 2019.
Autor: Liz Torres Almeida
Tiempo medio de lectura: 8 minutos y 38 segundos

El embarazo adolescente carga con un grandísimo estigma. Poco se habla del embarazo adolescente sin añadir el sufijo de “no deseado” y una larga lista de tragedias, sea desde la prudencia de un tabú desvelado o, directamente, desde el rechazo. Cuando una adolescente se declara embarazada inmediatamente se nos vienen a la cabeza prejuicios como que acaba de arruinar su vida, que es tonta perdida, que hay que ser idiota con todo lo que se sabe hoy en día, que mucho vicio es lo que hay, que a ese bebé lo criará la abuela y que nosotras a su edad jugábamos con Nancys. ¿A que no me equivoco?

Las embarazadas y madres adolescentes necesitan muchísimo apoyo. Las adolescentes en general lo necesitan (en una sociedad machista y adultocentrista), las madres en general lo necesitamos (en una sociedad machista y capitalista). Así que, si confluyen las dos, es como para tener muy claro que todo lo que sea estigmatizar, avergonzar, desconfiar, invalidar e intimidar, destrozando la autoestima de la chica, lo único que va a suponer es una profecía autocumplida: esa madre no va a poder con su vida ni con la vida que tiene a cargo.

Supongo que no queremos eso para nuestras hijas y nietas (o las desgraciadas hijas y nietas de la prójima, porque las nuestras no son así de tal o cual porque las hemos educado maravillosamente, y ya se sabe que las y los adolescentes hacen caso en todo a sus sabios padres).

Mi hija adolescente está embarazada. ¿Qué hago?

Bueno, en este momento ya sirve de poco lamentarse y nombrar culpas y culpables. Es el momento de preguntar a tu hija qué piensa hacer. Y, obviamente, de acompañar la reflexión poniendo sobre la mesa todas las implicaciones que tiene continuar o interrumpir un embarazo, a ser posible desde un punto de vista objetivo, aunque entiendo que es fácil dejarse llevar por las emociones ante la perspectiva de un embarazo adolescente. También entra en juego la ideología familiar. Es evidente que la reflexión de una familia religiosa distará bastante de la de una familia atea. Como la libertad de credo es un derecho íntimo, cada familia tendrá que buscar la manera de confrontar la noticia del embarazo.

Existen varios asuntos objetivos que poner sobre la mesa: cómo se organizarán los cuidados, con qué apoyos institucionales y particulares se puede contar, cómo afecta la llegada de la criatura al plan de vida a corto plazo, de qué manera se pueden ajustar o no esos planes, cómo se va a sustentar a la criatura, etc.

En caso de que la interrupción voluntaria del embarazo sea una opción a considerar, conviene revisar la legislación. En España tenemos una buena ley para abortar con seguridad en entorno clínico y de forma gratuita. Se trata de la Ley Orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, cuya reforma posterior implica que una menor de edad deba contar con el consentimiento expreso de sus tutores legales para poder interrumpir la gestación, antes de la semana 14. Abortar es un proceso desagradable que requiere acompañamiento. Obligar a gestar y parir (a criar, tal vez) a una criatura fruto de un embarazo no deseado por no tener 18 años es también algo a considerar, sea cual sea nuestro credo. Obligar a abortar a una adolescente que no quiere hacerlo es un crimen. Aunque sea menor y la responsabilidad última a ojos del Estado sea de sus tutores, la decisión de llevar la gestación a término o interrumpirla debe ser siempre de esa mujer menor de edad, que es la que cargará con la consecuencia de la decisión que tome y que es algo demasiado inmenso como para salir airosa de una decisión impuesta por otro. Podemos dañar a nuestra hija para toda su vida.

Algo que no se suele contar es que suponer que un embarazo adolescente es un embarazo no deseado, es mucho suponer. Tal vez sea deseado, fruto del amor intensamente romántico de la adolescencia, o no evitado, al menos. Que no quita para que sea inconsciente, y a sumarle consciencia es a lo que deberíamos ayudar. A este (y otros) respecto conviene revisar el movimiento #NoTeenShame, iniciado por un grupo de siete madres adolescentes norteamericanas, que pretende enfrentarse al estigma y tumbar algún que otro tabú, además de facilitar a las madres adolescentes las herramientas y el empoderamiento necesarios para asumir su nueva vida desde un punto de partida digno, en lugar desde el vergonzoso encasillamiento donde los adultos ponemos a estas chicas. Creo que un punto interesante en común que podemos encontrar providas y abortistas es sostener a estas madres y bebés, a este lado de la tripa, para que puedan ejercer sus maternidades y criarse, respectivamente, con las mayores garantías.

El movimiento #NoTeenShame evidencia algunos prejuicios morales que conviene revisar, por ejemplo:

- Cargar a esta generación con la sospecha de ser menos inteligentes, menos cuidadosas, más promiscuas, etc.

Es una cosa del envejecer que siempre nos parece que los jóvenes van a destruir el mundo conocido. Que la nueva música es el apocalipsis y los avances tecnológicos los carga el diablo. "Los jóvenes de hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan al respeto a sus maestros”. Esto, que podría haber dicho mi abuelo, lo dijo Sócrates y lo han repetido a su manera grandes pensadores de todos los tiempos. Lo cierto es que un informe del Instituto Guttmacher evidencia que en EEUU los embarazos adolescentes descendieron en 2010 un 51% respecto a 1990. En España, según el CSIC, el porcentaje de embarazos adolescentes se ha reducido desde el 42,8% entre las nacidas antes de 1956 hasta el 11,5% en las cohortes 1971‐1985, una tendencia que se mantiene a la baja debido a las mejoras en la anticoncepción. Tampoco era raro, hace algunos años, que las adolescentes se quedaran embarazadas para salir del hogar familiar. Ni ellas son tan tontas ni nosotras somos tan listas. Evitemos la carga negativa, pues, que solo crea un efecto contraproducente en su autoestima y no resuelve nada; al contrario, predispone a la depresión (las adolescentes duplican el riesgo de sufrir depresión posparto).

- Premonizar una vida desgraciada para la madre y el bebé.

¿Es la edad adulta garantía de que una criatura vaya a estar bien cuidada? No lo creo. ¿Vemos perjudicada nuestra vida académica y/o laboral las mujeres veinteañeras o treintañeras que tenemos hijos? Con mucha frecuencia, sí. En realidad no hay nada intrínseco que predisponga a una madre adolescente y a su bebé a un futuro terrible. Lo que sí hay es una falta total de apoyo real (institucionalizado y particular, “tribu”) de las díadas. Si esa chica tiene que cuidar a su hijo, tenemos que procurar cuidarla a ella, por ejemplo, cuidando del bebé mientras avanza su currículo o aplazar el currículo hasta que el bebé crezca un poco, o cualquier otro arreglo que aplique a nuestra circunstancia. Tendemos a pensar en la adolescencia desde un prisma muy negativo, fijándonos en los riesgos y no en las oportunidades. La oportunidad reside en el hecho de que su organismo está en plena evolución y todas las expectativas pueden cumplirse, incluyendo también las buenas y altas. Las experiencias adolescentes bien resueltas abren una puerta de entrada a la edad adulta favorable. Existen multitud de valores que se afianzan con la maternidad: empatía, responsabilidad, resiliencia… La maternidad es un evento extremadamente transformador a cualquier edad, y la falta de red es un factor determinante para que se decante hacia una experiencia muy enriquecedora o todo lo contrario. Es importante decir a las adolescentes que también pueden disfrutar de su maternidad. En este sentido, uno de los mayores factores de riesgo de la maternidad adolescente es el aislamiento social (porque sus compañeras están en otro punto vital), que a su vez está muy relacionado con la depresión posparto, que a su vez está muy relacionada con esas catástrofes que profetizamos, porque una madre deprimida lo tiene muy difícil para cuidarse y cuidar a su bebé. Bien, pues si tanto nos preocupa, podemos empezar por garantizar que esa madre no se aísle, sea asociándose con otras madres de su edad, sea a través de cualquier actividad divertida que valga para tejer redes, como el yoga para embarazadas o las clases de danza con portabebés. Además, así podrá fijarse en los maternajes de las más mayores, muchas de las cuales apenas le sacarán 5 o 10 años. Podemos ver cómo muchas madres adolescentes de grupos étnicos minoritarios resuelven bastante bien, es más, revierten, esta desdicha supuesta. Se trata del sostén de la tribu y de poner la maternidad en valía.

- Poner el foco (negativo, claro) en la pareja.

Por supuesto, desde el machismo. Si apelan al amor, les decimos que el amor adolescente no es amor verdadero (aunque, desde mi punto de vista, poco hay más verdadero que el amor adolescente: hormonal, desde las entrañas, romántico hasta el límite…). Y que el novio las va a dejar “con el marrón”, claro. De nuevo, las ponemos al borde del precipicio emocional. Y eso lo hacemos desde nuestro estatus adulto, donde todas las parejas estamos magníficamente avenidas y absolutamente nadie se divorcia. Lo cierto es que da igual que el amor sea real o carpetero, que la pareja se rompa o continúe; nada de esto es central. La responsabilidad con el futuro bebé, los modelos de familia nuclear y extensa, o el vínculo de la díada sí lo son. Me parece clave trabajar ese vínculo, ese amor que sí que es grandioso y que es irremplazable. Mención especial a las familias, ya que, si la adolescente va a continuar con la gestación, solemos tener por bueno que al bebé lo va a criar la abuela, y es que las abuelas son lo mejor del mundo, pero demos la oportunidad a la madre de ser madre.

Fuentes:



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