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Sanando la herida emocional del parto

Publicado el miércoles, 04 de diciembre de 2019. Revisado el miércoles, 27 de mayo de 2020.
Autor: Mada Guzmán
Tiempo medio de lectura: 17 minutos y 4 segundos

Lo recuerdo perfectamente; había pasado buena parte de la noche dando vueltas por la habitación y el pasillo del hospital. Una y otra vez esperando que, como tantas veces había oído, caminar pusiera en marcha el parto. Llevaba ya casi 24 horas con fisura en la bolsa y no había dilatado ni 2 cm. Si nada cambiaba, en apenas unas horas me esperaba una inducción por falta de progreso.

Poco tenía esto que ver con el parto que había imaginado durante las últimas semanas.

Yo había estado leyendo mucho y tenía muy claro, clarísimo, mi plan de parto. Sabía que no quería epidural, ni episiotomía, ni oxitocina sintética, ni maniobra de Kristeller, ni tantas otras palabras que había aprendido durante los últimos meses de embarazo. Pero mucho me temo que no tenía tan claro cómo era realmente el parto que sí quería.

Las horas pasaron sin novedad y a las 8 de la mañana, como ya me habían anunciado, me llevaron a la sala de inducción pese a que, como la propia matrona me dijo, era una inducción meramente protocolaria ya que al estar recibiendo antibióticos por haber dado positivo en la prueba del Streptococo, no existía tanta prisa.

Así que este era el panorama: yo tenía mucha información y, sin embargo, ahí estaba de pronto, enchufada al gotero y experimentando cómo las contracciones comenzaban a ser insostenibles.

Me sentía sucia, falsa, infantilizada, como si hubiera estado viviendo en un país de fantasía y hubiera llegado de golpe a la realidad. Comencé entonces a recordar las frases que me habían brindado ciertos amigos y amigas cuando les había comentado que quería dar a luz sin epidural: ‘Ya me lo dirás en unos meses’.

Esos comentarios me habían molestado mucho al recibirlos y sentía que les estaba dando la razón, que me estaba fallando, y eso hacía que a la vez me sintiera decepcionada de mí misma.

Los recuerdos se resisten...

Todas, con mayor o menos precisión, recordamos nuestros partos. Podemos olvidar ciertos detalles que con el tiempo se desdibujan o se entremezclan, pero es difícil que olvidemos cómo nos sentimos.

Y cuando hemos vivido un parto no satisfactorio o incluso abusivo o con violencia, podemos recordar a la perfección esa sensación de impotencia, dolor o rabia, incluso mucho tiempo después.

En algunos casos, ese desajuste entre realidad y deseo viene después. Vivimos el parto de una manera satisfactoria, pero cuando más adelante pensamos en él, nos damos cuenta de que no todo fue tan bonito ni tan respetuoso como nos pareció en aquel primer momento.

El tiempo va permitiéndonos tener nuevas perspectivas y solo gracias al tiempo comprendí que yo pretendía dar a luz con la mente. No me dejé sumergir en la experiencia, no me atreví a atravesar el bosque de dolor. Me dió miedo, pánico adentrarme en esa cueva oscura.

Tardé mucho tiempo en dejar de oír esa voz del anestesista cuando, tras continuos ofrecimientos de la matrona, accedí a ponerme la epidural. Esa voz que me repetía, en cierto modo, el mensaje que previamente me habían dado mis amigos. Esa voz que me acompañó durante meses con una gran carga de culpabilidad: «Ya me conozco yo a las que quieren parir sin epidural».

En ese momento juro que hubiera querido levantarme de la camilla, irme lejos y dejarle que fuera él quien se pusiera la anestesia en los testículos a ver si se le bajaba el pico de testosterona y chulería. Quise rebelarme ante esa falta total de tacto y de empatía, quise mandarle a la mierda y decirle que la clavara él donde quisiera. En un segundo quise patalear de mil y una maneras, pero el miedo a perder el control en ese momento o a quedarme sin la anestesia me hizo callarme y aguantar. Me sentía sola ya que habían pedido a mi pareja que saliera para poder ponerme la anestesia, pero lo que más me dolía era que en el fondo sentía que el anestesista tenía razón.

Lo que nos pasa una vez, no tiene por qué pasarnos dos veces

Muchas mujeres que vivimos algún parto más o menos alejado del que era nuestro plan de parto ideal más adelante vivimos la experiencia de otro parto con el miedo de qué pasará esta vez.

Entre mi primer y mi segundo parto pasaron 5 años... o, más bien, toda una vida.

Este segundo parto transcurrió, tal como habíamos planeado, en la intimidad del hogar. Un parto totalmente natural, salvaje, donde pude realmente aislarme y estar sola durante prácticamente todo el proceso, pues era lo que realmente sentía que necesitaba.

¿Qué había de diferente?

¿Por qué en este parto me sentía capaz de no hacer caso a los médicos?

¿Por qué en este fui capaz de parir sin epidural?

¿Qué había cambiado entre un parto y otro?

Había cambiado yo.

Con esto no pretendo decir que no haya razones médicas para realizar ciertas prácticas ni que ante un caso de violencia obstétrica el equipo médico no sea el responsable, pero sí que el miedo, y otros factores, nos bloquean y nos hacen permitir cosas que jamás querríamos que nos hicieran.

¿Qué podemos hacer entonces? ¿Cómo podemos transformar esa experiencia?

En este artículo quiero compartir contigo 10 pasos que podemos hacer para SANAR las heridas emocionales de nuestros partos.

1. ACEPTAR LO OCURRIDO

Lo ocurrido ya pasó. No hay absolutamente nada que puedas hacer ahora para evitarlo. Puedes hacer miles de cosas para minimizar sus efectos negativos, pero ni una sola para hacer que no haya ocurrido.

Gastamos mucha energía en el día a día luchando en esa batalla perdida.

ACEPTA.

Solo desde ahí podrás comenzar a construir un futuro nuevo.

Quizás puedas estar pensando que, bueno, mi parto no ha sido tan malo y que en mi caso tú también lo verías más fácil. Sin embargo, pocas veces depende de la ‘gravedad’ de la situación que la aceptemos o no. Aceptar, que no resignarse, es una forma de vida.

Te invito a leer estos pasos buscando centrarte en lo que sí te puede ayudar a ti, en lugar de hacerlo buscando que nos puede distanciar.

2. VIVE EL DUELO

Date el permiso de llorar, de patalear, de pegar a un cojín. Deja que todo ese dolor salga de ti.

Acallar el dolor para no sentirlo solo nos encadena a ese dolor. La única manera de deshacernos de él es dejarlo salir. Encerrándolo en nuestro interior, ese dolor estará restándonos energía y felicidad de por vida.

Puede ser de gran ayuda escribir tu parto, una y otra vez, vertiendo ahí toda la intensidad de tus emociones. Escribir sin juzgarte, solo escribir para vaciarte. Suelta todo lo que llevas tiempo guardando en tu interior.

Tener una persona, o varias, a las que poder contar tu parto es también una magnífica manera de aligerar ese peso. Escoge cuidadosamente a esas personas ya que no buscas consejo ni buscas consuelo; solo buscas que se te escuche y poder así expresarte y mover hacia afuera ese dolor.

3. PERDONA

Sé que esta puede ser especialmente difícil y, también, que puede llevar su tiempo. Por eso, date primero el tiempo de vivir tu duelo.

Con mucha frecuencia cuando nos enfadamos con alguien creemos que manteniéndonos firmes en nuestro enfado estaremos ‘ganando’ de algún modo la situación. Muchas veces, precisamente por eso, no nos damos el permiso de perdonar a alguien.

Pensamos que sería un signo de debilidad o una manera de darle la razón a la otra parte, pero la triste verdad es que, cuando nos negamos a perdonar a alguien, solo nos hacemos daño a nosotras mismas.

¿Por qué?

Porque hacemos hueco en nuestro cuerpo para que lo habite el rencor.

PERDONAR NO ES DAR LA RAZÓN

Es más, te diría que puedes perdonar y a la vez poner una denuncia si crees que realmente ha habido una negligencia o maltrato. Perdonando solo estamos liberándonos de llevar esa carga.

La solución a nuestros problemas nunca es buscar el mal ajeno. El perdón es entender que la otra persona hizo todo lo mejor que pudo dadas sus circunstancias, creencias, miedos y nivel de consciencia.

El perdón no es un regalo para quien es perdonado, sino para quien perdona. Perdonar te libera a ti, perdona porque te quieres, perdona porque es una manera de cuidarte, de amarte.

Perdonar no quiere decir que no pase nada, que lo que han hecho está bien, quiere decir que decides liberarte del rencor y del pasado para poder disfrutar de tu presente.

Cuando te sientas preparada, ESCRIBE UNA CARTA DE PERDÓN. Enumera todas las personas que de algún modo te fallaron aquel día o en los sucesivos y perdónales por todo ello.

4. AGRADECE

Sé que una de las peores frases que puedes oír después de un parto que no ha salido como esperabas es “¿De qué te quejas? Tu bebé y tú estáis sanos…” Pero yo no estoy hablando de eso. Primero, porque cuando te dicen esa típica frasecita se está negando tu realidad, se están negando tus sentimientos y se está negando tu derecho de sentirte así.

Por eso es importante que a esta fase llegues después de haberte hecho cargo de tus emociones, de tus sentimientos, después de haber lavado bien la herida.

Es necesario que comprendamos que esa frase es solo un intento desesperado de la persona que la dice para no ver tu dolor, para no tener que sostenerlo, para hacer como si no existiera. Realmente no te dicen esas palabras desde una intención de hacer daño. Es su propia incapacidad emocional la que les mueve a decirlo.

Socialmente no tenemos habilidades ni herramientas suficientes para afrontar el dolor propio ni ajeno y, cuanto más intenso es, más nos cuesta.

Muchas veces cuando vivimos una situación trágica en algún sentido, llegamos a un nuevo nivel de consciencia que no teníamos previamente y eso nos hace despertar una sensibilidad que teníamos dormida hacia algún tema. Por ejemplo, no somos realmente conscientes de las barreras arquitectónicas que hay hasta que no nos vemos impedidos físicamente a nosotras mismas o a una persona cercana, o no somos plenamente conscientes de la trascendencia de un aborto hasta que no lo vivimos en nuestro propio cuerpo.

¿Qué quiero decir con esto?

Que quizás antes de tu parto, tú misma habrías podido pronunciar esas palabras a una amiga o conocida y que seguramente seguimos faltas de consciencia en otras múltiples situaciones de la vida que aún no nos han tocado. Darnos cuenta de esto es una ducha de humildad y la manera más efectiva de alejarnos del juicio y las críticas.

Por tanto, AGRADECE cada una de las cosas buenas que tuvo ese día, todo el apoyo que tuviste, toda la buena atención, toda la buena intención, todas las cosas que lograste, cada sonrisa de complicidad…

...y también, AGRADECE cada momento ‘malo’. “¿Cómo?” Te lo explico en el siguiente punto.

5. APRENDE

Párate un momento a pensar y apunta las respuesta en un papel: ¿Qué has aprendido del parto? ¿Qué has aprendido sobre ti? ¿De qué modo te ha hecho cambiar? ¿De qué modo te ha hecho más fuerte, más segura, más amorosa, más...?

Sacando el aprendizaje de cada situación aparentemente negativa encontrarás el motivo por el cual agradecerlo.

Hay cosas en la vida que nos pasan solamente para disfrutar; otras, nos pasan para aprender y crecer. Si bloqueamos el aprendizaje que nos brindan los malos momentos, se habrán quedado solo en lo negativo, te habrás perdido el premio que llevaban.

Lo que hace que una vida (o una relación, o una herida…) sea insostenible no son las cosas que nos suceden, sino no ser capaces de aprender de ellas.

Uno de los mayores aprendizajes que me trajo esta experiencia fue la confirmación de algo que siempre había sospechado: que trataba de vivir en mi mente. Yo era una persona muy analítica que trataba de comprenderlo y razonarlo todo, pero que tenía pánico a involucrar las emociones. Leía mucho, me informaba mucho, pero todo esto quedaba muchas veces en conocimiento hueco por el miedo que me daba ponerlo realmente en práctica. Vivía en una continua parálisis por análisis y mi parto fue un perfecto reflejo de ello.

6. LIBÉRATE DE LA CULPA

De nada sirve perdonar a todo el mundo si te guardas el rencor y el resentimiento para ti. No tienes la culpa de nada de lo que te pasó.

LA CULPA NO EXISTE. La culpa es una invención, un arma de control masivo, una de las emociones más tóxicas que existen.

La culpa nos bloquea.
Nos deja ancladas en el pasado.
Nos hace maltratarnos.
Nos impide ver con claridad.
Nos inhibe de pasar a la acción.

Tú hiciste lo mejor que supiste en ese momento dadas tus circunstancias y tu nivel de consciencia. La vida es una continua evolución, como el típico videojuego en el que vas pasando pantallas y subiendo de nivel. Necesitamos comprender que en aquel momento nuestro nivel no nos permitía tener ciertos ‘poderes’ o ‘herramientas’ que ahora tenemos.

Quizás hoy sabes más al respecto y no entiendes cómo permitiste ciertas cosas o cómo tomaste ciertas decisiones. Quizás tienes muy claro que si hoy te vieras en esa situación actuarías de un modo muy diferente.

Al igual que yo.

  • Hoy tengo claro que no iría corriendo al hospital por un desgarro de bolsa si no estoy de parto
  • Tengo claro que no permitiría una inducción meramente protocolaria pero sin motivos reales para llevarla a cabo
  • Tengo claro que le diría a la matrona que dejara de ofrecerme la epidural cada vez que me viera
  • Tengo claro que le diría que me dejara de llamar ‘mami’
  • Tengo claro que no toleraría el comentario del anestesista o que tomaría ciertas medidas al respecto
  • Tengo claro que no dejaría que se llevaran a mi niña por la mañana para bañarla lejos de mí…
  • ...

Tengo claras muchas cosas ahora, pero tengo igual de claro que, en aquel entonces, yo no era consciente de ellas. No a un nivel profundo. Creía que las sabía, pero solo las conocía a un nivel meramente conceptual. No eran parte de mi sabiduría sino simplemente de mi conocimiento. Por eso permití tantas cosas…

7. REACONDICIONA TU MENTE SUBCONSCIENTE

Una cosa es lo que creemos que pensamos y otra, por lo general muy distinta, es lo que realmente pensamos a nivel subconsciente.

Queremos un parto natural, un nacimiento respetuoso para nuestras crías, pero nuestro imaginario colectivo está impregnado de madres abiertas de piernas sobre camillas que las inmovilizan mientras gritan a más no poder.

Queremos un parto en la intimidad, pero ¿cuántos partos hemos visto así? ¿cuántas referencias tenemos?

Si tuvieras que hacer un balance de qué tipo de partos has visto más imágenes a lo largo de tu vida: ¿Qué has oído sobre los partos? ¿Has oído más testimonios que te dijeran que el parto es un momento insufrible por el que pasar o te han contando más testimonios de madres que han vivido el parto como momentos trascendentes y transformadores? ¿Cuántas profesionales has visto realmente cuidando y respetando a la mujer?

Si quieres poder tener un parto distinto, necesitas convencerte a ti misma y convencer a tu subconsciente, porque ya ha recibido demasiados argumentos para dejarse hacer.

Lee libros que te hablen del parto de la manera en que tú lo sueñas, busca a otras madres que han tenido partos respetados para que te narren sus experiencias, lee relatos en blogs, ve vídeos de partos respetados. Da igual que quieras dar a luz en el hospital o en casa, necesitas crear esa nueva imagen en tu cabeza.

No permitas que otras personas te infundan sus miedos. Son suyos, no tuyos. No te pertenecen.

8. RESPONSABILÍZATE

Así que, una vez que decimos adiós a la culpa, y solo entonces, podemos abrir la puerta a la RESPONSABILIDAD.

¿Qué puedes hacer tú para que no te vuelva a pasar esta situación?

Y quizás puedas pensar que ya da igual porque no tienes intención de tener más hijos, pero quiero que vayamos un paso más allá. Todas las experiencias de nuestra vida nos preparan para las venideras. No se trata solo de que no te vuelvan a pasar ciertas cosas en un parto, sino de que no vuelvan a sucederte esas situaciones en tu vida.

Para ver esto tenemos que pensar un poco más abstractamente, pensar en el fondo de la cuestión.

¿Qué podrías haber hecho tú para que no se hubieran dado ciertas situaciones? ¿Qué te impidió tomar otras decisiones? ¿Qué había detrás de todo eso?

Voy a ilustrar a qué me refiero mediante mi propia historia.

Hoy sé que el motivo por el que yo subí antes de tiempo al hospital fue por miedo; el motivo por el que permití que me pusieran propex sin preguntar siquiera qué me estaban haciendo, por el que dejé que me indujeran sin una justificación de peso, por el que no dije nada cuando la enfermera me apretó la teta sin previo aviso para saber si tenía leche, y por el que permití un sinfín de abusos más… fue mi inseguridad. No me sentía capaz ni válida para oponerme o cuestionar al equipo sanitario.

No quería quedar de listilla, no quería incomodar, quería ser ‘la niña buena’ que siempre había sido.

El mismo motivo por el que, a pesar de que me resultaba un agobio, no les dije a mis padres, a mi suegra ni a su madre, que se fueran del hospital y que ya les avisaríamos cuando naciera la peque. Porque no quería incomodar.

Podría seguir rascando y rascando y aparecerían otras muchas cosas, pero estoy segura de que ya has comprendido a qué me refiero. El aprendizaje que me llevé al reconocer el verdadero motivo me transformó a mí, no solo como mujer que va a dar a luz sino como persona.

Aprendí a no dejar que otros decidieran por mí, al menos no en cosas que me importaban. Aprendí a valorarme y exponer mis necesidades y a marcar ciertos límites que me protegieran. Aprendí a aceptar que las cosas no siempre son como yo espero, pero que aceptarlas me ayudar a dejarlas atrás. Aprendí que el miedo con frecuencia nos aboca a aquello de lo que tratamos de escapar y, sobre todo, aprendí que, como leí días antes de mi segundo parto en el libro de Laura Kaplan “Unassisted Childbirth”, “Everything you want is on the other side of fear”.

“Todo lo que quieres está al otro lado del miedo”. Así de simple, yo en mi primer parto no me había atrevido a cruzar el miedo que me separaba del parto que en verdad quería.

Ojo, no digo que este sea también tu caso; cada una debemos buscar en nuestro interior que es aquello que el parto nos ha revelado de nosotras mismas para poder transformarlo.

Según el tiempo pasaba y se acercaba el parto de mi segundo hijo, me di cuenta de que cuando hablaba del parto de mi hija mayor, lo hacía como con vergüenza, como sin querer entrar en el tema, como sin querer reconocer ciertas partes de aquel parto.

Entonces comprendí algo que cambió por completo mi relación con ese parto, algo que quiero compartir contigo para despedirme.

Un día sentí la certeza de que al no aceptar cómo había sido el parto de mi hija, en cierto modo no estaba aceptándola a ella en su totalidad. Me estaba negando inconscientemente a aceptar una parte de gran relevancia en su vida: la forma en que había llegado al mundo.

Necesitaba desapegarme de mis expectativas sobre ese parto para abrazar a mi hija y sus experiencias vitales. Cada nacimiento es sagrado, pase lo que pase, y yo lo había olvidado.

En ese momento decidí que quería poder ayudar a otras madres a reconciliarse consigo mismas, a reconciliarse con sus partos y a reconciliarse así con sus hijos e hijas.

BIBLIOGRAFÍA

  • Mada Guzmán - “Gozar la maternidad”
  • Laura Kaplan - “Unassisted Childbirth”
  • Marta Espar - “Los Secretos de un parto feliz”
  • La Tribu 2.0 - “Una Nueva Maternidad”
  • Ibone Olza - “Parir”
  • https://www.maternidadconsciente.com/la-cesarea-que-sano-las-heridas-de-mi-ninez/ Mónica Manso
  • https://www.elpartoesnuestro.es/informacion/parto/curando-la-herida-emocional
  • https://www.sabervivirtv.com/embarazo-y-parto/te-duele-recordar-tu-parto_2131 Ibone Olza
  • https://www.sabervivirtv.com/embarazo-y-parto/pasos-para-curar-tu-herida-emocional-tras-la-cesarea_2171 Ibone Olza & Enrique Lebrero
  • https://abcblogs.abc.es/gema-lendoiro/2015/02/09/los-partos-que-nos-hicieron-dano-emocional-pero-que-tanto-nos-hicieron-crecer-despues Gema Lendoiro

Sobre Mada Guzmán
Mada Guzmán, madre de un niño y una niña, es autora de la trilogía de crecimiento personal Gozar la maternidad y fundadora de Desaprendiendo Para Aprender, desde donde ayuda, junto a su pareja, a otros padres y madres a criar y educar desde el ejemplo y la coherencia gracias a la creación de un vínculo esencial. Puedes encontrarla en https://madaguzman.com

Documentos de Mada Guzmán publicados en Crianza Natural

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