Si aún no lo has hecho, suscríbete a nuestra web

Teléfonos de contacto:
936 452 369
649 413 479
Formulario de contacto

Sobre el castigo por bullying y el castigo como bullying

Publicado el martes, 17 de septiembre de 2019. Revisado el miércoles, 27 de mayo de 2020.
Autor: Alfie Kohn
Tiempo medio de lectura: 6 minutos y 39 segundos

El bullying en la escuela ha copado largo tiempo la atención, favoreciendo estudios académicos y publicaciones divulgativas, normativas y cursos de capacitación para educadores. Ahora mismo se tiene por un problema serio y ampliamente reconocido, como debe ser. No podemos volver jamás a los tiempos en que el bullying se consideraba un rito de iniciación de niños varones, algo que las víctimas tenían que enfrentar (y sufrir) solas.

Pero al igual que sucede con otros males, tanto dentro como fuera de nuestras escuelas, algunas intervenciones son mucho menos constructivas que otras. La estrategia menos cuidadosa (o útil) es anunciar una postura de "tolerancia cero" al bullying. O bien esta frase equivale a una retórica vacía, tipo reaccionar a los continuos ataques armados que sufrimos en el país enviando a las víctimas nuestros "pensamientos y oraciones", o bien se refiere a una política de castigo severo para los agresores.

El último enfoque merece nuestra atención, precisamente porque nos resulta sencillo y complementa una tendencia punitiva ya bien establecida en nuestras escuelas. Los estudiantes que rompen las reglas o que nos desagradan de otras maneras son sometidos a suspensión, expulsión, detención, aislamiento forzoso ("tiempo muerto") o pérdida de la oportunidad de participar en actividades divertidas, entre otras cosas.

Hacer que los niños sufran por lo que han hecho suele defenderse por razones prácticas, pero no he podido encontrar ninguna evidencia que respalde la afirmación de que el castigo logra que las escuelas sean más seguras ni que favorezca que los niños castigados sean más éticos o responsables. De hecho, las respuestas punitivas, incluso si se las llama eufemísticamente "consecuencias", a menudo no solo son ineficaces sino que también son directamente contraproducentes. Por citar solo uno de una lista muy larga de estudios empíricos, un estudio longitudinal de ocho años de duración publicado en 2005 halló que la disciplina punitiva se asociaba posteriormente con un comportamiento más antisocial, un comportamiento menos prosocial y mayores niveles de ansiedad.

Curiosamente, cuando a muchos defensores de la disciplina tradicional se les presentan tales evidencias, simplemente giran hacia una defensa muy diferente, que no puede ser refutada con evidencia: insisten en que si alguien hace algo malo, se debe hacer algo malo a esa persona. Él o ella deben ser "responsables" y la consecuencia debe ser impuesta por razones morales, incluso si no hay beneficios prácticos. (En 2001, los investigadores de UCLA examinaron la popularidad de esta justificación retributiva entre los docentes).

Pero los efectos del castigo sí importan y, en lo que respecta al bullying, sugieren una ironía dolorosa: castigar a los niños que intimidan no solo no aborda el origen del problema, sino que en realidad empeora las cosas. Como señala Barbara Coloroso en su libro The Bully, The Bullied, and the Bystander, el castigo enseña al abusón a «ser más agresivo e hiriente. Sin duda, acabará dominando el arte de hacer bullying con astucia o de maneras "ocultas" incluso para los adultos más observadores y conscientes. Más importante», agrega, «el castigo degrada, humilla y deshumaniza a los niños que lo reciben.» (A mí me suena a bullying).

Durante décadas, la investigación ha demostrado que el castigo, incluso cuando no incluye fuerza física, promueve la agresión. Pero los estudios realizados en Estados Unidos y en Suecia revelan otra capa de esa realidad: es más frecuente que los abusones, en concreto, hayan sido criados por padres autoritarios que ejercen el castigo. Dan Olweus, una autoridad destacada en el tema, llevó a cabo este último estudio y él, al igual que otros críticos con el castigo, ha ofrecido una serie de sugerencias sobre cómo frenar el bullying. La clave es "reestructurar el entorno social", toda la cultura escolar, en lugar de tratar de fomentar la intervención de observadores que señalen a estudiantes individuales, ofreciendo asesoramiento a posibles víctimas o, lo que es peor, castigando a los agresores.

Es fácil suponer que la disciplina punitiva es una parte inevitable de la vida escolar. Eso nos deja espacio únicamente para concretar los detalles de las consecuencias, por ejemplo, cuán severo debe ser el castigo para una ofensa dada. Una vez que damos un paso atrás y consideramos si el castigo en sí realmente tiene sentido, el status quo se tambalea.

Consideremos: un castigo es una respuesta de alguien con más poder (por ejemplo, un adulto) a una acción prohibida realizada por alguien con menos poder (en este caso, un niño). Específicamente, consiste en hacer sufrir deliberadamente al niño de alguna manera. La intención puede ser desalentar al niño de repetir la acción, pero los resultados más comunes del castigo son que el niño (1) se enfada y se frustra, (2) aprende que se puede ganar usando el poder sobre aquellos que son más débiles, y (3) se enfoca más en el interés propio y es menos propenso a reflexionar en cómo sus acciones afectan a los demás. El castigo induce a que los niños se pregunten: "¿Qué quieren ellos, las personas que tienen el poder, que haga, y cuál es la consecuencia para mí si no lo hago?"

Desde esta perspectiva, queda claro que el problema de la política escolar no solo es que el castigo a los abusones fracasa inevitablemente. Por el contrario, es probable que generalmente el castigo contribuya al bullying de forma velada, tanto por el ejemplo que da como por sus efectos sobre los estudiantes que son castigados.

Y ahondando aún más: quizás no solo sea que el castigo contribuye al bullying. Tal vez la disciplina tradicional es un tipo de bullying. Esa es la inquietante implicación de la idea de Coloroso citada arriba. Las definiciones de bullying suelen sonar más o menos así: "una acción hostil (o un patrón de abuso, intimidación o acoso a lo largo del tiempo) mediante la cual aquellos que son más pequeños o más débiles son humillados por aquellos que son más grandes o más fuertes". Las personas más grandes, más fuertes, pueden tener títulos de posgrado (o pueden desarrollar elaboradas racionalizaciones para sus acciones), esa es realmente la clave.

Una traba para reconocer esto, además de en nuestra reticencia a admitir lo intrínsecamente repugnante que es lo que estamos haciendo y el daño que puede estar causando, es la forma en que los principios incuestionables se adhieren en el uso del lenguaje. Por ejemplo, cuando hablamos de niños, la palabra respeto se refiere típicamente a algo que nos deben, no a algo que nos debemos. Del mismo modo, bullying es una palabra que estamos acostumbrados a usar solo para describir algo hecho por alumnos.

Otra barrera es la dificultad de modificar nuestro nivel de análisis. Incluso si, recordando a ciertos jefes o compañeros, admitimos que los adultos también pueden ser agresores, e incluso estando abiertos a la posibilidad de que haya quien pueda humillar a niños, es muy desconcertante considerar que el bullying no es solo una cuestión individual. Las prácticas y políticas ampliamente aceptadas pueden equivaler al bullying institucionalizado. Quitar el recreo, poner ceros, obligar a los niños a quedarse después de clase, enviar a los padres informes desagradables, echar a los alumnos del aula (o escuela) y amenazar con hacerles estas cosas si no obedecen, puede que no sean intencionadamente bullying. Pero lo importante, y lo que tiene consecuencias, es cómo se les presentan estas cosas a las personas que las reciben.

Este cambio de perspectiva debería incitarnos a transformar las escuelas, de lugares en los "que hacer" a lugares en los que "trabajar con", para poder contemplar las acciones problemáticas de los niños no como infracciones que deben castigarse (es decir, hacer sufrir a alguien), sino como problemas que deben resolverse y oportunidades para enseñar. Si necesitamos una razón simple para respaldar estos cambios, tal vez sea suficiente con estar seguros de que nuestras acciones no se parezcan a las de un abusón.


Sobre Alfie Kohn
Alfie Kohn es un reputado escritor y conferenciante sobre temas del comportamiento humano, la educación y la crianza de los hijos. Es el autor de 14 libros y de numerosos artículos y ensayos, y ha sido reconocido como una de las personas más críticas del actual sistema escolar. Se puede contactar en www.alfiekohn.org.

Documentos de Alfie Kohn publicados en Crianza Natural

Compártelo:

© 2003-2020. Crianza Natural, S.L. Todos los derechos reservados. Este documento no puede ser reproducido por ningún medio, total o parcialmente, sin autorización expresa de Crianza Natural, y, en su caso, de los autores y traductores.